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LOS CUENTOS ORIGINALES DE JOSÉ MARTÍ

Julio E. Hernández-Miyares

     Dentro de la copiosa producción literaria de José Martí, la presencia de la narrativa de ficción resulta bastante escasa. Como sabemos, Martí escribió una sola novela, titulada Amistad funesta, en 1885,[I] que firmó con el seudónimo de Adelaida Ral, y seis cuentos, aparecidos en los cuatro números de La Edad de Oro,[II] revista para niños que publicó en Nueva York durante los meses de julio a octubre de 1889.  

     De las seis breves narraciones incluidas en dicha revista infantil, tres de ellas son traducciones libres, adaptaciones de cuentos extranjeros o, mejor, como acabamos de ver, relatos reescritos por Martí basados en los textos narrativos: "Meñique" y "El camarón encantado", ambos del escritor francés Eduardo de Laboulaye (1811-1883), y "Los dos ruiseñores," de Hans Christian Andersen (1805-1875). Los otros tres cuentos son originales suyos y se titulan: "Bebé y el señor don Pomposo", "Nené traviesa" y "La muñeca negra", a los que específicamente nos referiremos en nuestra ponencia de hoy.  No incluimos en este grupo el cuento escrito en verso, titulado "Los zapaticos de rosa". 

     Es innegable que Martí nunca se sintió muy inclinado a la prosa de ficción o a la novela. Sabida es su reserva con respecto a la misma, y su expresada opinión de que el género no le place "porque hay mucho que fingir en él, y los goces de la creación artística no compensan el dolor de moverse en una ficción prolongada; con diálogos que nunca se han oído, entre personas que no han vivido jamás".[III] Además, Martí, en estos apuntes sobre su novela Amistad funesta (o Lucía Jerez, como se hubiera titulado de haberse publicado en forma de libro), se refiere a ella con cierto desdén, como indican estas palabras:  

            "Quien ha escrito esta noveluca, jamás había escrito otra antes, lo que de sobra conocerá el lector sin necesidad de este proemio, ni escribirá probablemente otra después."

 

Y continuaba más enfático al respecto, al declarar:

 

            "Menos que todas, tienen derecho a atención novelas como ésta, de puro cuento, en las que no es dado tender a nada serio..."

           

            "Lean, pues, si quieren, los que lo culpen, este libro; que el autor ha procurado hacerse perdonar con algunos detalles; pero sepan que el autor piensa muy mal de él. Lo cree inútil; y lo lleva sobre sí como una grandísima culpa. Pequé, Señor, pequé, sean humanitarios, pero perdónenmelo. Señor: no lo haré más."[IV] 

La realidad fue que en aquel momento Martí necesitaba ingresos con urgencia, y cuando su amiga Adelaida Baralt le ofreció esta oportunidad de ganarse 55 dólares con este proyecto, lo aceptó de buena gana, y en una semana completó la novela. 

     Tampoco parece que Martí mantuviera diferente actitud con respecto a la narrativa corta, pues de no haber participado con el editor Antonio Da Costa Gómez en el proyecto de La Edad de Oro, jamás hubiéramos tenido muestra alguna de su cuentística.[V] 

     Hay que recordar que el pensamiento, la idea y el contenido, eran para Martí la verdadera sustancia de toda creación literaria y, por ende, lo más importante, pues para él la forma" no es más que traje, [y] ha de ajustar al pensamiento, que ha de tener siempre cuerpo." Y también señalaba que "la belleza de la frase ha de venir de la propiedad y nitidez del pensamiento en ella envuelto", y continuaba luego declarando de manera rotunda que "ha de borrarse del papel toda frase que no encierre un pensamiento digno de ser conservado y toda palabra que no ayude a él".            

     Sin dudas, quien de forma tan vehemente identificaba y consideraba los objetivos precisos del esfuerzo y del quehacer artístico-literario, tendría poco interés en prodigar su tiempo y su talento en creaciones de ficción cuya finalidad fuese solamente el entretenimiento o la mera recreación estética de los lectores. 

     De ahí, no sorprende que por ser La Edad de Oro un proyecto de literatura infantil dirigido a los niños de habla española con la finalidad de instruirlos deleitándolos, de estimular su saber y de encaminarlos al estudio, al trabajo y a la virtud, Martí se decidiera a vencer sus reservas y a usar la ficción narrativa breve, en otras palabras, el género cuento, como uno de los ingredientes a mezclar con otros materiales literarios de su agrado, para conformar así un empeño de tal magnitud.           

     De esa manera lo indicaba a sus lectores en la presentación del primer número de La Edad de Oro, al expresar que entre otras cosas: "les contaremos muchos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, y quieran descansar". Es decir, Martí buscaba usar los cuentos en su periódico infantil, como paréntesis de sosiego y esparcimiento. Por eso notamos que primero seleccionó y rescribió narraciones breves extranjeras, en que el elemento mágico constituía el atractivo esencial, con la finalidad de captar la fantasía infantil y mantener a sus jóvenes lectores interesados en la totalidad del contenido de la revista, que forma casi una unidad perfecta desde el punto de vista didáctico. Pero también compuso tres cuentos originales, en los que dado su conocido afán docente y apostólico, buscaba acoplar lo real y lo ético para brindar tres lecciones de tema indudablemente moralizante.  

     Para los que no conocen en detalle estos relatos, permítasenos decir que en "Bebé y el señor don Pomposo" se perfila el niño rico que con extrema generosidad da a su primito pobre que no tiene juguetes, el bellísimo y valioso sable dorado que le acaban de regalar; en "Nené traviesa", aparece la niña huérfana de madre, consentida y desobediente que desoye al padre, rompe las páginas del viejo y costoso libro, para al final, atemorizada y llorosa, arrepentirse y pedir perdón; en "La muñeca negra", se retrata a la niña sensible, virtuosa y sentimental que prefiere su vieja muñeca negra, compañera de sus juegos y cariños, a la nueva, elegante y lujosa que le regalan por su cumpleaños. 

     Como primer contraste, en ninguno de estos tres cuentos originales de Martí hace su aparición la magia, como ocurre en los cuentos rescritos; por el contrario, cada final, sorpresivo a su manera, es el resultado de la bondad, del desprendimiento, del amor, de la generosidad, de la ternura o del arrepentimiento, en fin, rasgos de carácter. Martí busca - por designio propio- la creación de una situación ideal para brindar, de manera plástica, una lección emotivamente impresionista y sugeridora. Logra mantener así un equilibrio evidente entre lo didáctico, lo emotivo y lo ético, rasgos esenciales de estos relatos. Lo anterior contribuye a hacer de La Edad de Oro una publicación infantil modelo para las letras hispánicas, particularmente, dada la época de su publicación.           

     La primera información crítica sobre el contenido y valores estético-literarios de La Edad de Oro que tenemos se debe a la pluma del destacado escritor mexicano, Manuel Gutiérrez Nájera, quien el 28 de septiembre de 1894, casi acabado de salir el primer número en julio de ese año, publicó en El Partido Liberal una reseña en la indicaba, entre otras cosas, lo siguiente: 

            "La Edad de Oro es muy buena porque no es una maestra de primeras letras ni una criada vieja, sabedora de cuentos de hechicería; porque no es la escuela dura ni el recreo inútil, sino la madre cariñosa que habla tan bonito como mamá habla y tan bien como papá sabe hablar. La Edad de Oro es muy buena porque enseña fuera de la escuela y lo que no enseñan en la escuela; porque cuenta cuentos tan hechicerescos, como los de brujas, y que, sin embargo, son verdades; y porque enseña, en fin, no de repente, no de un golpe, sino paso a paso, poco a poco, como se les da el alimento a los niños..."

            "Y todo en forma asequible a sus inteligencias; todo como jugando. Y junto a la verdad que parece cuento, el cuento que es historia, el verso que es filosofía. ¡Todo sano y todo bello y todo claro! Así quisiéramos los hombres que nos enseñaran  muchas cosas que no sabemos! ¡Así me ha enseñado La Edad de Oro mucho que ignoraba! ¡Porque en todo hombre hay un niño que pregunta y a todo hombre habla La Edad de Oro, como a niño y por eso le enseña."[VI] 

     La lectura de estos textos de La Edad de Oro permite contemplar cómo Martí llegó a comprender y a acercarse a la idiosincrasia del niño. Lo respeta y no trata de rebajarlo ni disminuirlo. Resulta evidente que establece con su pequeño lector un reto muy sutil, un delicado juego intelectual que busca conducirlo, mediante impresiones e imágenes rotundas y plásticas, repletas de colorido, a veces revestidas de humor y caricatura, a contemplar situaciones humanas, muchas veces complicadas y difíciles, y a meditar, gracias a una lectura atrayente y entretenida, en las posibles soluciones, contratiempos o castigos que una definida actitud pudiera acarrear. No le impone al niño juicios definitivos, sino que cualquier enseñanza que se objetiva parece desprenderse del propio texto y ser consecuencia de los hechos narrados. La lógica se impone por sí misma, sin que el narrador parezca forzar el axioma o la lección.[VII] 

     Es bien de notar que en estas narraciones no se percibe amaneramiento alguno, ni tampoco aparente presunción de estilo. Recuérdese aquella máxima martiana a la que siempre trató de ser fiel: "Narciso no se ha de ser en las letras, sino misionero".[VIII] Efectivamente, así quiso ser y de hecho fue con este proyecto, que desafortunadamente duró muy corto tiempo, pues sólo se publicaron cuatro números.[IX] 

     Los relatos son de diferente extensión. El más breve es "Nené traviesa" y el de mayor extensión, "La muñeca negra", el que muestra rasgos más depurados y ribetes artísticos de mayor envergadura, aunque todos ellos muestran un estilo similar, de indudable tono impresionista, con definidos elementos preciosistas y amplio uso del color. Aunque parecen escritos sin esfuerzo, una vez examinados con detenimiento, resulta fácil comprobar la equilibrada mezcla de ingredientes estéticos y temáticos lograda por Martí. La anécdota, tal cual ocurre en los relatos del Modernismo literario, es casi inexistente, pues el autor, mediante el uso de una adecuada carga lírica, busca más la presentación de estados de ánimo, sentimientos y sensaciones, que el desarrollo de una trama complicada. Además, no debe olvidarse en el caso específico de Martí con sus cuentos infantiles, que el objetivo primordial del autor era también brindar una lección ejemplarizante para sus pequeños lectores, lo que alcanza de manera delicada y artística. 

     Lo primero que llama la atención es que los personajes centrales de los tres relatos son figuras infantiles: un niño, Bebé, y dos niñitas, Nené y Piedad. Los demás personajes sirven para dar marco a la anécdota esbozada y conformar el mensaje moral o lección que cada uno contiene. Esta concentración de Martí en personajes infantiles no sorprende, pues ya lo había realizado con su poemario Ismaelillo (1882), libro que según la critica actual marcó el comienzo de la nueva estética modernista en las letras hispanoamericanas, y cuya verdadera innovación fue la de haber centrado dicha obra lírica en la figura de un niño, su propio hijo, lo que hasta entonces no se había llevado a cabo en la poesía hispánica. 

     Existe otro elemento unificador en estos tres relatos infantiles: en cada uno de ellos aparece un objeto específico que cobra enorme relieve dentro de la anécdota, y sirve de símbolo para fijar indeleblemente la moraleja de la narración. En el cuento de Bebé, el bello sable dorado, regalo del señor don Pomposo; en el cuento de Nené traviesa, el bellísimo libro con las maravillosas ilustraciones a color, cuyas páginas arranca la niña; y en el de la niña Piedad, su vieja muñeca negra, Leonor, a la que la niña, por cariño y lealtad prefiere, en lugar de la bella muñeca nueva que le regalan por su cumpleaños.           

     Se nota en dos de estos cuentos: en "Bebé y el señor don Pomposo" y en "Nené traviesa", una definida presencia del tema de la muerte, ya de manera directa o indirecta. Se indica que Bebé no tiene padre, ni tampoco su primito Raúl, que también es huérfano. Además, la mamá de Bebé padece de una gravísima enfermedad y el niño, temeroso, presiente que podrá perderla en cualquier momento. En el otro relato, Nené, la niña traviesa, también es huérfana de madre y en una ocasión pregunta a su padre: "¿ Por qué ponen las casas de los muertos tan tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar, sino que me toquen la música porque me voy a ir a vivir en la estrella azul." Este tema, que hoy puede parecernos fuera de lugar en una revista infantil, se ha demostrado que era muy común en los diarios y publicaciones de la época en los Estados Unidos, en que hasta aparecían fotos de niños y de adultos fallecidos, en el lecho o sentados, o en brazos de sus padres.           

     Aunque Martí no indica expresamente la localización geográfica de sus relatos, en cada uno de ellos aparecen alusiones que pueden identificar, con mayor o menor precisión, el país o región donde tienen lugar. De lo que hay poca duda es de que las familias que en ellos se retratan son familias de origen hispano, una de ellas, la familia de Bebé, de la clase alta y rica; y de la clase media, las familias de Piedad y de Nené. Este nivel socioeconómico se percibe por diversos detalles como la presencia de sirvientes, cocineros, viviendas con jardines, coches, caballos, viajes, regalos, juguetes costosos, y otros pormenores descritos por el autor.                        

     Lo más probable es que todas las escenas tengan lugar en los Estados Unidos, probablemente en Nueva York o alguna ciudad del norte del país. En el cuento de Bebé se indica que tomarán para París el vapor que tiene "tres chimeneas." Ese tipo de barco trasatlántico acostumbraba, en el siglo pasado, hacer dicha travesía a Europa desde Nueva York. Además, por la mención que se hace en el relato del duquesito Fauntleroy, personaje infantil muy conocido en esa época por los niños en dicha ciudad, tanto por los libros como por la obra teatral que allí se representaba con éxito.                        

     En el cuento de "Nené traviesa", Eduardo Lolo ha apuntado con enorme intuición que la referencia hecha en el relato de que el padre, al llegar del trabajo "se montaba a Nené en el hombro y entraban juntos en la casa, cantando el himno nacional" fue una manera muy sutil de Martí de identificar a Nené y a su padre como emigrados cubanos radicados en los Estados Unidos. Según él, en aquella época el himno nacional cubano era "la canción más conocida y entonada por los cubanos fuera de su país..."[], "era la primera canción que enseñaban los cubanos a sus hijos nacidos en el exilio..."  

     En "La muñeca negra", según ha señalado Lolo también, la localización geográfica de la narración debe ser alguna ciudad de la zona Norte de los Estados Unidos, también posiblemente Nueva York. Esto se evidencia por los retratos del Marqués de Lafayette y de Benjamin Franklin, colocados en la habitación de la niña, al igual que por las referencias al inicio de la primavera en "latitudes mucho más altas a las correspondientes a Hispanoamérica o a las zonas sureñas de Norteamérica. Por otro lado, el relato se "tropicaliza" con la mención de la forma de "hojas de palma" que toman las eses en la caligrafía del padre, y el pequeño mosquitero con que Piedad cubre su vieja muñeca, cosa innecesaria y desconocida en latitudes frías. 

     Entre los rasgos que más atraen de estos cuentos martianos se encuentra el lenguaje utilizado por el autor, caracterizado por una manera de decir muy gráfica, que a veces parece calcada de la forma pintoresca y con frecuencia enmarañada y oscura que usan los niños para contar y relatar los hechos. El vocabulario es esmerado y los cuentos, por su factura estilística, adquieren una dimensión oral, rítmica y musical, muy atractiva y plástica. Parecen haber sido escritos para que un adulto los leyera a los niños. Además, las descripciones morosas y repetitivas de los detalles, objetos y adornos son tan reales que parecen obra de un pintor, por el variado y espléndido uso del color. Veamos la siguiente escena del cuento "La muñeca negra", verdadera joya del relato infantil de tono impresionista escrito por Martí, donde describe visto por ojos de niño, la habitación de Piedad, la figura central del relato. Dice así: 

            "El cuarto está a media luz, una luz como de las estrellas, que viene de la lámpara de velar, con su bombillo color de ópalo. Pero se ve, hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la ventana entra la brisa, y parece que juegan las mariposas que no se ven, con el cabello dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas ¡ Al suelo, el tocador de jugar! ¡Este padre ciego que tropieza con todo! Pero la niña no se ha despertado. La luz le da en la mano ahora; parece una rosa la mano. A la cama no se puede llegar; porque están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas."  

Y luego sigue describiendo, morosamente y con originales pinceladas impresionistas, los diversos juguetes de Piedad, regados por el cuarto:   

            "En una silla está el baúl que le mandó en Pascuas la abuela, lleno de almendras y mazapanes: boca-abajo está el baúl, como si lo hubieran sacudido."

 

            "En otra silla está la loza, mucha loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada...[]"da en el plato ahora la luz, en el plato del higo, y se ven como chispas de estrella: ¿cómo habrá venido esta estrella a los platos?: ¡Es azúcar! dice el pícaro padre: ¡Eso es de seguro! :dice la madre, "eso es que estuvieron las muñecas golosas comiéndose el azúcar!"

            El costurero está en la otra silla, y muy abierto, como de quien ha trabajado de verdad: el dedal está machucado ¡de tanto coser!.."[]... " y allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada, junto a una gota de sangre."                       

     Martí utiliza en los tres relatos diverso punto de vista narrativo. No sólo el del autor omnisciente, sino, en ocasiones, usa la corriente de conciencia para presentar, de manera atractiva los más íntimos pensamientos o meditaciones del personaje infantil en cuestión. Esta variedad estilística añade atractivo y flexibilidad al relato; a la vez que le resta artificialidad y lo convierte en más genuino. 

     Veamos cómo Martí, en esa escena de corriente de conciencia, pinta al niño, que se acuerda de todo, acostado, con los ojos cerrados, meditando y pensando en la visita que hicieron al señor don Pomposo. Así dice: 

            "¡Qué largo, qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata!

 

            ! Y a mamá no la dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda, y le puso una banqueta a los pies, y le hablaba como dicen que le hablan a las reinas. Bebé se acuerda de lo que dice el criado viejito, que la gente le habla a sí a mamá , porque mamá es muy rica, y que a mamá no le gusta eso, porque mamá es buena.

 

            Y Bebé vuelve a pensar en lo que sucedió en la visita.

En cuanto entró en el cuarto el señor don Pomposo le dio la mano, como se la dan los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas. Y a Raúl, al pobre Raúl ni lo saludó, ni le quito el sombrero, ni le dio un beso.

 

            "Y entonces se levantó don Pomposo del sofá colorado: 'Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado: esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho a tu tío. '[]...y le trajo a Bebé un sable dorado--¡oh qué sable! ¡oh qué gran sable--y le abrochó por la cintura el cinturón de charol--¡oh qué cinturón tan lujoso!--y le dijo: 'Anda Bebé: mírate al espejo; ese es un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el niño.'" 

     En el relato "Nené traviesa", también Martí logra pinceladas muy sugestivas, entre ellas, cuando describe el libro viejísimo que el padre trajo a la casa y al que Nené, por curiosidad y desobediencia arranca varias páginas. El siguiente fragmento es bien revelador del estilo y lenguaje de Martí: 

            "Por nada en el mundo hubiera tocado Nené el libro: verlo no más, no más que verlo. Su papá le dijo que no lo tocase. El libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre las hojas, pero esas no son barbas: ¡ el que sí es barbudo es el gigante que está pintado en el libro!: y es de colores la pintura, unos colores de esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló su papá. ¡Ahora no pintan así los libros! El gigante está sentado en el pico del monte...[]... no tiene más que un ojo encima de la nariz: está vestido con un blusón, como los pastores, un blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas pintadas de plata y de oro, y la barba muy larga, muy larga, que llega al pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un hombre...[]...¡Oh, eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de la silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede ver bien todo. Ya está el libro en el suelo!"           

     Sin duda, La Edad de Oro, esa fracasada aventura editorial de Martí con el brasileño Da Costa Gómez en 1889, no sólo sirvió para dejar constancia en nuestras letras del primer intento de literatura infantil de tono modernista, sino de las dotes narrativas del Apóstol, que evidencian una vez más su talento como creador literario, aun en un género por el que no sentía atracción.      

NOTAS 

I-Esta novela la escribió Martí por entregas para la revista neoyorquina El Latinoamericano, bajo el seudónimo de "Adelaida Ral". En 1911 se despejó la incógnita de su autor, gracias a que la reimprimió Gonzalo de Quesada en el décimo volumen de las obras completas. La prosa de esta novela es una excelente muestra  de la nueva prosa artística que empezaría a producirse  en la América hispana a finales del siglo XIX. Para un estudio critico completo y certero sobre esta obra, véase: Enrique Anderson Imbert, "La prosa poética de José Martí. A propósito de Amistad Funesta de José Martí", en Manuel Pedro González, Antología critica de José Martí (México: Cultura, 1960) pp.93-131. 

II- Nuestras citas sobre textos de la Edad de Oro se hacen con vista a la minuciosa edición critica del profesor Eduardo Lolo, publicada recientemente por Ediciones Universal, Miami, 2001. 

III- Citado por Fina García Marruz en "Amistad Funesta", trabajo incluido en Temas martianos, La Habana, 1969, p.283. 

IV- Véase: La Gran Enciclopedia Martiana, Miami: 1978, t.13, pp.134-135. 

V- Da Costa Gómez era un acaudalado hombre de negocios brasileño, que fue el editor de La Edad de Oro. Como es sabido, la publicación solamente duró cuatro números, ya que Martí renunció a seguir siendo su redactor. Según carta escrita a su gran amigo Manuel A. Mercado en noviembre de 1889, Martí le indica que "por creencia o por miedo de comercio, quería el editor que [yo] hablase del 'temor de Dios", y que el nombre de Dios y no la tolerancia y el espíritu divino estuvieran en todos los artículos e historias." Y seguía anadiendo: "La precaución del programa y el singular éxito de crítica del periódico, no me han valido para evitar este choque con las ideas, ocultas hasta ahora, o el interés alarmado del dueño de La Edad." Véase: José Martí: Cartas a Manuel A. Mercado. México: 1946, p.204. 

VI- Véase: Manuel Gutiérrez Nájera, "La Edad de Oro de José Martí", en Divagaciones y Fantasías: Crónicas de Manuel Gutiérrez Nájera, de Boyd G. Carter, Méxixo: 1974, p.67. 

VII- Según nuestra opinión, uno de los estudios más completos de La Edad de Oro, de José Martí y de la literatura infantil en la cultura occidental a finales del siglo XIX, se debe al profesor Eduardo Lolo. Véase su libro: Mar de espuma: Martí y la literatura infantil, Miami: Universal, 1995.  

VIII- Véase: José Martí. Obras completas, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963.Tomo X. 

IX- Véase: Sylvia A. Barros, " La literatura para niños de José Martí en su época." (Notas hacia el impresionismo en La Edad de Oro), en Estudios críticos sobre la prosa modernista hispanoamericana, New York: Torres, 1975.