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Entrevista
a Nivaria Tejera William Navarrete W.N:
¿Cómo nació en Ud. la escritura?
Creo que a partir de las
primeras vivencias infantiles se formó en mí una reserva de
contradicciones que exigirían de mí una actitud original ante la
vida, es decir, no asimilar los hechos como si fuesen algo de la
cotidianeidad sino considerándolos como algo esencial, digamos como
una respiración otra. Si de niño todo cambia a tu alrededor -surge
una guerra y tu padre cae en prisión-, se crea una especie de vacío
sustancial en la vida de ese niño que necesita ser compensado. ¿Con
qué? Es ese qué, la tendencia a una búsqueda de algo más vigoroso
que equilibre las carencias.
W.N: Canarias fue la
edad de su infancia y también la de su primera novela El barranco
¿Qué significó esa edad?
Nunca tuve edad. Mi madurez
se precipitó tanto que nunca supe la edad que tenía cuando
ocurrieron ciertos sucesos en mi infancia y en la primerísima
adolescencia. Vivíamos en La Laguna, cerca de Santa Cruz de Tenerife.
De allí era mi familia paterna. Mi padre, al salir de prisión, con
libertad condicional, pudo escapar. En 1944, mi madre, mi hermano y yo
nos fuimos de Tenerife, en barco, hacia Cuba. Mi padre pudo hacerlo
después como polizón en un carguero, ayudado por José Clavijo, el Cónsul
cubano en Tenerife y amigo de él en la época universitaria. Me fui
de Canarias con la incertidumbre de dejar atrás a mi padre, sin saber
si él podría seguirnos hasta Cuba. W.N: El regreso a Cuba, dejar Cuba después como había dejado al Tenerife de la infancia, debe haber sido como una huida perenne del barranco ¿Qué le sugiere esta imagen?
Me ha pasado la vida
huyendo de las dictaduras. Cuando llegamos a Cuba recuerdo la multitud
que aclamaba al Presidente electo Ramón Grau y San Martín. También
recuerdo el sol terrible que me cayó encima. De este sol y su impacto
en mis ojos algo quedó, al punto que en otro de mis libros, Sonámbulo
de sol, es éste es el personaje principal. Un sol que es también
para el personaje el símbolo de la dictadura que le persigue, le
ahuyenta y le enloquece. Corresponde entonces a la dictadura de
Batista y a la misma turbulencia de la isla, como si sol y dictadura
hubieran quedado asociados para mí. Sé que el sol me afecta, lo rehúyo,
me ocasiona alergia, debo protegerme de su efecto y puede esto
resultar contradictorio para un cubano como yo. La opresión de la atmósfera
-sea en reuniones, grupos, ideas o compromisos- me crea una necesidad
de fuga automática. Al salir de Cuba hacia París no sé si huía de
esa dictadura, del ahogo climático o de ambos a la vez.
W.N: París fue
entonces el abrigo contra el sol
En mi último libro
Espero la noche para soñarte, revolución,
que ha salido en francés, explico lo que fue para mí París:
una especie de desierto pero desierto de libertad en el que empecé a
reconstituirme, a crearme a mí misma. A París llegué joven, en
1954. En mi poesía está la idea global de mi respiración parisina. W.N: Ha estado tres veces en Miami. ¿Cuál es su impresión de esta otra Cuba?
Conozco muy poco Miami y
cada vez que he estado ha sido para hablar de poesía, contactar
profesores, escuchar ponencias, enterarme de quién es quién en su
proyección literaria, que es lo que más me interesa, para no decir
lo único, de cada cual. Miami es un paraíso. Es decir, en cierto
modo ir allí es como volver a Cuba. Es, sin dudas, una dimensión
otra en la que uno se entrecruza con cubanos, en las calles, como si
fueran sombras. Hay como un automatismo en la gente que me sorprende,
me inquieta y me conmueve profundamente. En las guaguas, en los
mostradores de cafetines veo la gente muy callada, muy ensimismada,
tropiezan los unos con los otros, sonríen, pero prosiguen como si a
la vez no estuvieran. Hay una nostalgia auténtica del cubano hacia su
país. Observando el comportamiento de mis compatriotas, observándolo
todo de lejos y lentamente, como me gusta hacer, me apena a pesar de
la alegría, del buen vivir y del acomodo que pueden manifestar. Y me
apena porque en la comunicación, al cabo de un rato, el tema de Cuba,
de La Habana, surge, como si el pasado se hubiera comprimido en cada
uno de ellos. Y tengo la sensación de que ninguno acaba de estar
verdaderamente allí. Independientemente de esto, las avenidas, la
naturaleza, son expléndidas. Culturalmente no puedo decir mucho pues
mis estancias han sido breves. Conocí en su momento al escritor
Roberto Valero, que falleció, a Lourdes Gil, a Ileana Fuentes.
Personas con un ritmo literario interesante, siempre enfocado hacia
Cuba. Este año he sido invitada a un homenaje a Heberto Padilla y allí
oí gente que sabe mucho de poesía, de literatura, de historia de
Cuba. Pero no sé hasta qué punto se puede vivir acorralado en ese
circuito obsesivo de Cuba. En mi caso, necesito para escribir
desligarme de muchas cosas. La escritura es ella, no el conflicto
personal de uno con su país. No sé si en Miami se pudiera vivir
desligado de eso. W.N: Ud. ha evolucionado, literariamente hablando, hacia el género indefinido, hacia un cierto hermetismo que encierra una libertad de creación extraordinaria. ¿Ha sido esto una intención premeditada o un deseo espontáneo?
Es todo a la vez pero
siempre premeditado. No se puede escribir por escribir. Hay que huir
del vandalismo narcisista que se permiten muchos escritores. Cuando
llegué a París me di cuenta de lo grave que era la escritura, que no
era un simple tentenpié de merienda para seguir viviendo, ni una anécdota
de lo que me pasó ayer, o esta mañana, de lo que encontré o dejé
de encontrar, de lo que me pasó o dejó de pasar. No. Eso es lo que
nos contamos y lo que, además, está en los periódicos. Algo que
hacen muchos escritores que, desgraciadamente se toman por grandes y
que incluso, la gente toma por más grandes de lo que en realidad son,
creándose mitos en torno a sus nombres cuando en realidad son los únicos
responsables de la transformación de nuestra cultura en culturilla.
Yo me di cuenta que escribir era, ante todo, interiorizar lo que se
vive, se forma y se siente; filtrarlos por los tamices que forma la
propia interioridad y esperar a ver qué queda después. Para ello me
ayudaron mucho mis visitas diarias al Louvre. Yo nunca había visto
grandes cuadros de la pintura clásica. Frente a cada cuadro sentía
como si me estuviera descubriendo a mí misma, como una expresión de
vida nueva, un cambio interior casi imperceptible. Este ejercicio lo
hice durante un año entero, día tras día, después de mis cursos en
La Sorbona. Ante la grandeza del arte quería salirme de mi pequeñez
y medité objetivísimamente sobre cada frase, cada palabra que de mí
salía escrita. Esto coincidió con la época en que iba conociendo a
escritores franceses y hacia 1955 o 56 conocí a Claude Couffon que me
alentaba a escribir y también a Nathalie Sarraute. Este conjunto de
azares fue mi eres o no eres y me vi confrontada a la pregunta
de si me lanzaba por ese camino en una búsqueda de mí misma o lo
abandonaba. Cuando leí Tropismes de Sarraute, no entendí absolutamente nada. Quedé
sorprendida, boquiabierta pero me preguntaba cómo había sido posible
toda esa concretización de la imagen, de la poesía, la palabra, del
acto creador vigilante, de la contención en lo que no se debe decir,
o sea, aquella plasmación absoluta de la grandeza que en pintura había
descubierto en el Louvre. Me pasé seis meses leyendo ese libro, luego
compré Planetarium, y sentía que era como si me hubieran
lanzado en medio de un volcán en erupción. Mi experiencia al conocer
a este ser investigador de la escritura fue explosiva y de ello quedó
mi necesidad de inventarme mi propia escritura. Fue entonces que me
dije que tenía que concentrame en lo que quería escribir, cómo quería
escribirlo y cómo concentrar un estado de alma personal en un estilo
que era lo que había descubierto en cada obra maestra de la pintura y
en cada libro de Nathalie Sarraute. Fue cuando me dije a mí misma Tú
no eres de Europa, tú no perteneces al mundo literario de este
continente, tú tienes que escribir poco y lograr algo que sea
absoluta e inequívocamente tuyo. Pero, ¿cómo? Planteándome,
pues, la escritura como una búsqueda de estilo salió esa escritura
que tú llamas difícil, esa indagación del exilio, de la respiración
del exilio, que es mi libro Huir la espiral sin signos de
puntuación -algo que ya se había hecho-, pero tratando de ponerle
puntos a la escritura a través de la poesía, a través del acto
imaginario, de la imagen discontinua y lograr esa discontinuidad con
un tema tan grave como es del exilio. Ya en Espero la noche para soñarte,
revolución, he tratado de evitar las barreras entre un género y
otro, pues no creo que ya hoy día la escritura pueda responder a
barreras de género. Se siente todo hoy de forma muy apelotonada, la
prensa te define bien lo que sudede, lo posible, lo inmediato,
entonces ¿para qué contarlo a través de tu escritura?
W.N: Ya en un plano
personal, si hubiera un cambio favorable de gobierno en Cuba
¿le interesaría volver?
¿Qué interés tiene
regresar en medio de un cambio? ¿Te
imaginas un cambio después de cuarenta años de ahogo absoluto? ¿Puedes imaginarte un cambio? ¿Cómo va a ser? El
remordimiento de unos, la respiración oprimida de tanta gente durante
tantos años allí. ¿Puedes imaginar a nivel de ser humano qué
comunicación puede producirse entre unos y otros? ¿Cómo se van a
comunicar en medio de esa Troya cubana? ¿Cómo, a pesar de esa
sonrisa cubana, de esa bondad, de ese querer hacer creer que nada es
serio? ¿Pero tú sabes lo serio que es eso que está pasando allá
desde hace cuarenta y tantos años? No sé, yo no podría regresar a
un sitio donde individualmente no pudiera respirar. No sé que será
eso: una masa, un enjambre, una cosa extraña, una apoteosis, la
llegada de los que han estado aquí acumulando para imponerse allá,
el rechazo de los de allá en contra de los que no estuvieron en el país
durante todo ese duro período. No han podido entenderse ni siquiera
en pequeñeces, ¡te imaginas lo que sería en medio de un gran cambio!
No soporto lo que está pasando hoy en Cuba, es algo que me aterroriza
día a día, todo ese horror, la vigilancia, las prisiones, el rencor
acumulado. No, no lo puedo imaginar y tampoco quiero estar allí para
verlo.
W.N: ¿Escribe algo
en este momento?
Sí, yo siempre estoy
trabajando. Escribo ahora otro texto que por el momento creo llamaré Buscar
otro nombre al amor que es ya una tesis del libro póstumo, con
mucha meditación, mirando con lupa cada cosa que defino. Ya no puedo
jugar con conceptos ni con ninguna perspectiva ideológica que no hay
ya. Todo es ahora una acumulación de experiencias y en medio de esto
no paro de leer, de vigilar mi mundo, de averiguar, de escribir. París, 30 de mayo de 2001 |