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Zenea
a los 130 años de su fusilamiento Octavio
R. Costa
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No puedo perderme la oportunidad del
aniversario y no evocar a Juan Clemente Zenea a los ciento treinta años
de su injusto fusilamiento en el Foso de los Laureles de La Cabaña.
La república aseguró su memoria con el hermoso monumento que se
levanta al final del Paseo del Prado. Cada 25 de agosto se celebraba
ante el mismo una siempre concurrida ceremonia. En la década de los
cuarenta yo hablé en una de ellas.
Los cubanos solemos vincular el patriotismo
con la guerra. Pero en nuestra historia tenemos a muchos civiles. Y
entre ellos a Juan Clemente Zenea, considerado el más importante
poeta dentro del m s depurado Romanticismo. Nacido en Bayamo el 24 de
febrero de 1832, fue fusilado el 25 de agosto de 1871, tres meses
antes del criminal fusilamiento de los ocho estudiantes de Medicina.
Sobrino del destacado poeta José Fornaris,
a los diecisiete años está en La Habana dedicado al periodismo. Ante
las ejecuciones de Narciso López, Joaquín de Agüero y Eduardo
Facciolo, les dedica sendos poemas. Y frente el caso del último,
Zenea huye de Cuba porque en la imprenta del mismo él imprimía
"El Almendares", periódico de su dirección.
Llega a Nueva Orleans y se reencuentra con
la joven bella y culta actriz Adah Menken, que ya lo había amado en
La Habana, perfeccionándole además su inglés y su francés. Era un
devoto admirador de Alfredo de Musset. Sigue para Nueva York y se
entera de que juzgado en ausencia, ha sido condenado a muerte por la
Comisión Militar Ejecutiva. De ese tiempo es su poema "El
filibustero". Hace periodismo en la "Voz de América" y
dirige la "Revista Nuevo Mundo".
Decretada una amnistía en el 54 regresa a
La Habana. Luz Caballero lo nombra profesor de inglés y de literatura
inglesa. Escribe en la "Revista de La Habana" y funda su
"Revista Habanera", en la que publica una serie de
semblanzas bajo el título de "Mis Contemporáneos". En 1860 publica su primera colección poética "Cantos de la Tarde", que le da la fama que nunca se le desvaneció. Invitado por el poeta santiaguero Pedro Santacilia, que está casado con una hija de Benito Juárez, va a México. Trabaja en la "Gaceta Oficial" y vuelve al periodismo. Paralelamente organiza un volumen con las poesías de Heredia y comienza a escribir su biografía.
Cuando le llega la noticia del alzamiento
de Céspedes, lo abandona todo y con su mujer y su hija retorna a Nueva
York y se incorpora a la expedición que ha organizado Domingo de Goicuría,
pero sólo llegan a Nassau. Regresados al punto de partida escribe en
"La Revolución", que dirige el insigne Enrique Piñeyro. Y
cuando éste renuncia, Zenea lo imita. Al unísono se solidariza con
Miguel Aldama, presidente de la Junta Revolucionaria.
Llega a Nueva York Nicolás Azcárate, el
destacado líder del Reformismo, con un mensaje que Segismundo Moret,
Ministro de Ultramar, quiere hacerle llegar a Céspedes. Piensa en Zenea
y aceptada la riesgosa encomienda con un salvoconducto otorgado por el
Ministro de España en Washington el 28 de noviembre del 70 llega a
Oriente y se entrevista con Carlos Manuel.
Llegado el momento de su regreso, Céspedes
le confía a Ana, su esposa. Al alcanzar el lugar de la costa convenido
con el patrón de la goleta que le había traído, es detenido por
fuerzas españolas. Lo salvó en ese momento el mencionado salvoconducto.
Pero como se le encontró una considerable suma de dinero en oro, dado
por Carlos Manuel para la compra de armas, por ocho meses estuvo preso
bajo el tenaz recuerdo de su mujer y su hija.
Todas las gestiones que el Ministro español
hizo con Moret fueron inútiles. Mientras, escribía la colección de
poemas que tituló el "Diario de un Mártir". Al ser ejecutado
tenía treinta y nueve años. Su muerte ha sido siempre un imborrable
episodio de la historia de Cuba. Si las autoridades españolas lo
condenaron a morir, no faltaron compatriotas, siempre emocionadamente
precipitados, que lo tildaron de traidor, pero el gobierno de la República
Libre de Cuba en Armas salió en su defensa. El poeta fue un simple
portador sin implicación alguna. Puede ser que m s que Azcárate, lo
decidió la ilusión de encontrarse con el bayamés de La Demajagua.
Piñeyro le dedicó un libro publicado en
París en 1901 con su vida y su obra. Los críticos e historiadores de
la literatura cubana siempre lo han considerado como el más grande
elegiaco y el m s cuidadoso de la calidad de sus versos. Su composición "En días de esclavitud" es una joya. Con cuatro partes, la segunda, denominada "Nocturno", es la m s importante. Pero su poema más difundido es el famoso romance dedicado a Fidelia, una verdadera leyenda, que no fue fantasía, sino realidad.
Ilustración: Juan Clemente Zenea |