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Aún nuestra juventud era una cosa ajena

José Abreu Felippe 

                                                                               Por JFP, a la memoria.

                                                                                También a R. y A.

El pelo del color de las naranjas podridas era una furia que había desistido de gobernar; pero los ojos no. Era opción suya abrirlos o cerrarlos. La nieve de Minnesota que bordeaba los pozos propiciaba la calma y disimulaba el humo. Medio achinados los ojos. Las manos grandes, todavía tropezaban azoradas y terminaban siempre estirando los filos del pantalón por las rodillas. Entre el bajo y la media caída, un cilindro de piel muy velludo contrastaba con el rostro, despoblado, rosado e infantil. Un pulóver negro a rayas rojas, azules y blancas, trasnochado a más no poder, y barato, probablemente producto del almacén de alguna institución de caridad o de alguna iglesia; como el pantalón o los zapatos. Y lo peor, una risa aguantada por unos labios gruesos que se comprimían para no abrirse. Para no reír, para que las frases lacerantes, sarcásticas, ingeniosas, a veces desfachatadas, sobre todo cuando decía cosas que no se acostumbran a decir, sonaran masticadas. La había llamado por teléfono y su voz, como siempre, era como un ultimátum. Ahora estaba ella ahí y él le contaba la misma historia, igual que la penúltima vez y que la antepenúltima. A la mujer le resultaba absolutamente idiota, culto pero idiota, un animal interesante con mejor cuerpo pero idiota, que reclamaba su atención sin darle tregua, sin alternativas. Un ente malcriado y posesivo. El pecho ancho, contundentes los muslos, enormes los pies, pero muy joven -apenas 21 años-, y a ella le gustaban, cuando le gustaban, los hombres hombres, pragmáticos, seguros de sí, y un poco de vuelta de tanta desgraciada filosofía adolescente. Los adolescentes son incompletos y tristes cuando debían ser alegres y suficientes. Son brutos, se la pasan pensando en la muerte -los hay que prefieren las ortigas y a Camus- y hacen todo lo imposible por amargarse la existencia; a ellos, y a los que los aman. No los aguanto, repetía. Si toleraba un par de horas a aquel payaso frívolo, infantiloide, era porque le entretenía oírlo fabular, contar su vida disfrazada de novela como si fuera un condensado de historia universal, principio único e irrepetible de todas las glorias y todos los desastres, incluyendo el genoma humano descifrado. Ahora la cambié un poco, empezaba Mario sin mucho entusiasmo -él sabía que la idiota era ella-, ahora son dos tipos en Berlín, en medio de la guerra hablando de Patricia. Los aliados acaban de bombardear y... Ella lo interrumpe: ¿ahora me pusiste Patricia? No eres tú; además, Patricia es un nombre relacionado con la dolce vita, con Pérez Prado y los stripteases. Puro símbolo, aunque te confieso que dudé hasta el último minuto -por la carga mística y esotérica- entre Lourdes y Fátima. Déjame en Patricia, suspiró ella artísticamente. Era un suspiro cinematográfico, bien ensayado para que los botones de la blusa se tensaran al máximo. No se podía decir que ella tuviera un cuerpo para el gusto cubano, era una flaca destarta- lada, con los huesos por fuera hincando a diestra y siniestra en gringo style. Tampoco se podía decir que fuera vieja -era sólo tres años mayor que él-, pero le gustaba comportarse tal matrona engreída que sabía manipular el aparato, como diplomada discípula de La Enana. Ella como él era centro y un mismo plano no admite dos centros. Brian se cubre los oídos y Steve se saca el polvo de los ojos mezclado con legañas. ¡Patricia, Patricia! gritan los dos para exorcizar los demonios del bombardeo, y recuerdan, sin mencionarlo, la última vez que se acostaron juntos antes de nuestra era, el cuerpo de ella, blanco como la nieve de Minnesota, en el centro. Tibios los tres, todavía oliendo a mariguana, excretando por todos los orificios y con Waters de fondo cantando mother do you think they´ll try to break my balls? Muy excitante, dice ella, poniendo cara de aburrida, pero ¿no me habrás llamado esta vez para volverme a contar la misma mierda a lo Erich María Remarque? Él mueve la cabeza en gesto profusamente trágico. Estoy seguro que no te había dicho que ahora Patricia es una feminista argentina criada en New York, de padre irlandés y madre española, profesora de literatura inglesa, militante de izquierda, y luchadora infatigable por el levantamiento del bloqueo y el restablecimiento de relaciones con Cuba. Su marido es una loca straight de ascendencia búlgara coleccionista de iconos rusos. ¿Qué te parece? Bonito perfil, pero ya te he dicho que no me interesa nada de lo que escribes. Eres un objeto anacrónico, un idiota detenido en el tiempo, un hippie desfasado y un boludo, como diría tu Patricia. Así que supongo que me habrás llamado para otra cosa. Gracias, pero, por un lado, Pink Floyd no es de los 60 -The Wall, específicamente, se editó el 30 de noviembre de 1979 a cuatro meses y cinco días del exilio masivo, yo diría comprimido, de 10,800 personas en la embajada de Perú en La Habana- y por otro, lo extraño no es que yo te haya llamado sino que tú hayas venido. Tranquilízate que no voy a leerte nada -mis papeles ya están recogidos en ese sobre, aunque por aquello de con la iglesia hemos topado, envíe por email copias a todos mis amigos- sólo quiero que asistas en silencio a mi última y definitiva performance que he preparado exclusivamente para mí. ¿Y en qué consiste la performance? Mira que no tengo mucho tiempo. Me imagino que sea algo relacionado con tu suicidio, ¿o no? Bueno, si te lo revelo pierde su efecto. Sólo te diré que empieza con striptease. Bailaré para mí desnudándome con la música de Pink Floyd, específicamente con Another brick in the wall, part 2, of course, que es mi preferida, y me gustaría suponer que la tuya también. Entiéndelo o acéptalo como un regalo de despedida. Aunque no lo creas es un privilegio lo que te ofrezco. Hizo un breve círculo en el centro del cuarto, apartando los cuatro tarecos para abrir sitio. Después el pelo enrojecido cayó sobre la frente ligeramente al inclinarse sobre la casetera. La cinta estaba preparada para empezar en el lugar preciso, justo, así que en cuanto pulsó la tecla empezaron los relinchos de los motores, la batería, el coro, el alarido, y el we don´t need no education, we don´t need no thought control. Mario cerró los ojos y ya no los abriría más hasta el final. Las rodillas se arquearon, una patada hacia un lado, hacia el otro, y los zapatos salieron disparados. El cuerpo no cesaba de moverse, era un oscilar rítmico, sediento, algo sinuoso que vibraba  elevando las manos para después dejarlas deslizar sobre el vientre, cruzándose, sobre el borde negro del pulóver, una cruz, una equis que al desarrollarse iba develando la piel hasta medio pecho; y más alto también. El rostro tras la tela negra rayada tricolor del pulóver era una máscara, las guitarras salpicando el suelo de humo  -incienso de Sai Baba, maní maluco y marlboro lights- y de sudor. Vuela la pieza que va a caer sobre la cama personal. No dark sarcasm in the  cuarto, no más llamadas, no más negativas, no más de más; pero Mario danza contra la sábana un torso, una penumbra mientras ella se ríe y le hace señas de que se meta entre los dos. El muchacho apura el cigarro antes de apretarlo contra el cenicero que sostiene en la mano. Luego se sienta en la butaca y muy lentamente termina de desvestirse. Mother do you think they´ll like this song? Después se inclina hacia delante y casi que repta hacia la cama. Cuando las cabezas están a nivel los labios de ella y los de él hacen como que beben de un solo grifo. Las otras manos acarician los flancos profundo. Está llorando Mario, borracho como un perro, apenas sostenido por Brian y Steve que en realidad se llaman Mandy y Rody, o así les dicen, y que también están que se caen del peo que han cogido. Los tres estuvieron leyendo, fumando y bebiendo hasta que se les acabó el combustible. Primero se reían pero al final a Mario siempre le daba por matarse y se despedía abrazando y besando más de la cuenta. Los amigos hacen de público frente a la puta argentina y la loca straight que dicho sea de paso está arrebatada con el striptease. Mario, como su madre lo trajo al mundo baila su magia, sabe que será su obra maestra, que tiene que esforzarse y darlo todo, el pantalón en el suelo, las medias sabe quién por dónde, el resto contra la puerta del baño y encima del laptop. No por lo que va a suceder sino por lo que no pasó, grita Mario riéndose con las piernas bien abiertas sobre la cama y el dispositivo a punto de disparar. Todos baten palmas mientras el cuerpo desnudo y hermosísimo se deja llevar por la música de teachers leave them kids alone! y sopesa el grosor de la cuerda que lo acaricia. ¿Será capaz de sostenerlo? ¿Medirá una toesa, sabrá mi cuello lo que mi culo pesa? ¿Me ayudará Villon como a Guillén el Malo? Con el sudor producido en las profundidades -como diría el pacato Lezama- en la segunda embestida consecutiva contra el grueso aparato, embadurnó el lazo casi con amor. O sin casi. Sentía como todo le palpitaba por dentro todavía pero no esperó y principió la tercera acometida. Un teléfono que nadie ya responde. Una venida que era una partida. Mother should I run for president? Mother am I really dying? No lo hagas, le decía la puta argentina que ahora tenía el rostro de su madre, hazlo por mí, pero sobre todo hazlo por ti, mira esos cojones lo bonitos que están, es un crimen de lesa belleza no conservarlos colgando hasta que te lleguen a las rodillas. Mira ese cuerpo intacto, si todavía ni siquiera te han pateado lo suficiente, tienes que continuar, hacer algo con ese talento del carajo que tienes. Pero él no abría los ojos, no atendía a los amigos que lo llamaban por teléfono, que lo invitaban a salir, a viajar, a visitar el Museo Dalí en St. Petersburg, que lo incitaban a que escribiera, a que templara, a que se emborrachara, a que se drogara, a que viviera. Que lo mandara todo al carajo, que hiciera cualquier cosa, lo que le viniera en ganas, algo que fuera signo de vida. Pero él no quería abrir los ojos, no quería ver ni escuchar a los amigos, ni beber ni fumar mariguana ni nada, ni siquiera terminar de leer El color del verano y eso que lo llevaba ya por más de la mitad. Sólo vaciarse, embadurnar bien la cuerda con su mierda interior y el just another brick in the wall de fondo y por delante y por arriba y por abajo. Sólo sentir el corrientazo, arquearse y vomitar. Sólo irse y cagarse en la puta madre de esa guitarra que suena como cuerpos templando, como trompadas en la boca, como niños cayendo sin remedio ya. Era la hora. Así que abrió los ojos y vio que a pesar de haber viajado a Miami, de haber vagabundeado por Nueva York, por Bruselas y Berlín, de haber resistido la cárcel, la candonga, los merolicos y la dolarización, el período especial y el picadillo de soya, y hasta estoicamente los asaltos de una pájara siniestra -disfrazada de cura liberal con grandes apellidos- que lo persiguió hasta después de su forzado exilio, seguía solo. Allá y aquí estaba solo. A pesar de todo lo que se había esforzado estaba solo. A pesar del estímulo; tampoco eso tenía nada que ver, ni que la puta viniera o dejara de venir, ni estar allá o aquí o en el quinto infierno. Sólo eran pretextos para su perfomance. Lo que lo obsesionaba de verdad -el gran desafío-, la obsesión de  obsesiones, era la fascinación del salto. La pureza del estado puro. Desentrañar su perfect day para su pez-plátano, que en su honor, hay que decirlo todo, todavía seguía como una estaca. Éste era el day, la hora. Su momento magnífico. Estaba solo a mil millas de cualquier centro de gravedad, borracho, drogado, desnudo, lúcido, de pie sobre la cama, recién y múltiple y riquísimamente masturbado. Una y otra vez hasta el vómito glorioso. Haciendo como que oía a Pink Floyd. Como siempre, ya había llamado a Mandy, a Rody, a sus escasos amigos para despedirse, unos estaban, otros no. Nada especial. Había bailado. Estaba mareado y tenía mucho frío. La soga era un asco, pegajosa, apestando alrededor de su cuello. Sólo le faltaba, antes de dar el salto, buscar un buen título para su performance que hablara del tiempo cuando aún nuestra juventud era una cosa ajena.

                                                              En Miami, (5-9) Septiembre y 2001

 

Ilustración: Ochún, de Héctor Santiago