Ediciones

Anteriores

PORTADA

Esta Edición

Ensayo

Narrativa
Poesía
Teatro

Autores

Entrevistas
Especial
Libros
Noticias
Reseñas

CORREO
Enlaces
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                           

Ni verdad ni mentira

Uva de Aragón 

Rebosante del sano júbilo del amanecer, José María se paseaba por la arena.  Iba dando pequeños saltos, con paso alegre y ligero.  A veces se detenía, y su mirada soñadora y hambrienta acariciaba el paisaje.  Se quedaba muy tranquilo entonces, dejando que la belleza que lo rodeaba penetrara sus ojos, cada uno de sus poros.  Sentía que brisa, mar y piel eran una misma entidad, indivisible y firme.   

Luego vendrían las gentes.  El ruido.  Pero a esta hora temprana, la playa era suya.  Suya.  El muchacho sentía el placer sensual de la posesión. 

Se tendía ahora sobre la arena blanca.  Abría los brazos negros.  Mirándolo desde lo alto, parecía un cristo…o una cruz. 

Ya estaba de pie otra vez.  Corría a la orilla.  La espuma besaba sus pies.  Porque el mar lo quería.  Ante él, José María era grande, infinito, como sus aguas. 

¿El mar?  ¿La mar?  No sabía el niño si se trataba de un hombre o una mujer.  Sí, porque el mar tenía para él atributos humanos.  José María le hablaba como a un hombre.  Le contaba sus planes, sus sueños, sus inquietudes.  A veces, cuando sentía la ira roerle los intestinos, el mar compartía su enojo.  También a él se le oía rugir con furia.  Maldecir.  ¡Qué hombre era entonces el mar de José María! 

Mas otras veces, la mar era como una madre, que lo arrullaba y mecía en la ternura de su regazo, lo acariciaba con su propio aliento, lo amamantaba, dándole vida de la suya propia. 

Era por las noches que a veces la mar lo asustaba.  Se le antojaba entonces la inmensidad oscura como una mujer deseada y temida al mismo tiempo.  Oye sus voces seductoras que lo tientan.  Es como si un imán tirara de él con fuerza incansable.  ¿Qué le esperaría en las lejanas profundidades de las aguas?   

Durante el alba, cuando la tenue claridad de la aurora suavizaba el contorno de las cosas, era que José María más amaba a su mar.  En ocasiones, creía que las olas lo llevarían a una playa remota, no sabía si recordada o presentida, donde no habría miedos ni angustias ni sueños rotos.   

¡Cuántas mañanas, José María, te observaba yo desde mi alcoba en diaria comunión con tu mar! 

Porque para mí, José María, el mar es de todos, pero …un poco más tuyo que de los demás. 

-Aquel verano, ¿te acuerdas? 

-¡Cómo olvidarlo! –me respondes.

-Estábamos de veraneo.  Bueno, estaba yo de veraneo.  Tú vivías allí.  ¿Vivir?  ¿Qué es vivir para un niño pobre, para un niño negro?  ¿Tú sabes, José María, que yo te envidiaba?  No…no te rías…Para mí, tú eras libre… 

-¿Libre?

-¡Con qué sarcasmo preguntas, hijo!  Me duele tu tono irónico.  Calla.  Calla, Josemaía 

Si supieras…Te veía correr en el alba.  En más de una ocasión tuve que frotarme los ojos, porque hasta me parecía que tenías alas.  Y te creía sabio, porque podías leer el curso de las estrellas.  Sabías la hora con sólo mirar el sol.  Conocías los nombres de las plantas, dónde se escondían los cangrejos, cómo atrapar las jaibas.  ¡Que fáciles eran para ti las nobles ciencias que me estaban vedadas! 

Yo, en cambio, me sentía prisionera en mis batas de fina organza, en mis libros de textos, en mis aulas de profesores con títulos, cabellos y mentes que el tiempo había teñido de gris.  ¡Qué fuertes barrotes me encerraban en mi torre de marfil!  Mi mundo sin horizonte era urna de cristal donde el aire viciado chocaba contra las paredes en su afán de libertad, formando gigantescos remolinos. 

¡Cómo hubiera  preferido andar descalza como tú en vez de usar aquellos zapatos de charol importados!  Tus raídas ropas me parecían mucho más hermosas que mis blusas de seda y encajes franceses.  ¿Desnudo?  Sí, tú vivías desnudo.  Tú eras tú.  ¿Y yo, quién era bajo esas ropas que me ataban? 

-Pero yo era prisionero –me dices -.  Prisionero de mi piel, de mi origen, de mi pobreza.  De mi propio odio.  De mis envidias y mis celos.  De mis sueños. 

-¿Te acuerdas la primera vez que nos vimos?

-Tú vestías de blanco.

-¿Lo recuerdas entonces, Josemaía?

-Claro.  Y hasta recuerdo lo que pensé al verte.  O lo que sentí, más bien.  ¡Me sentí más negro! 

-Yo pretendí querer ayudarte, pero en realidad lo hacía más por mí que por ti.  Sin embargo, tu madre –la pobre Cacha-, con sus chancletas de palo y su sonrisa triste y cansada como su andar, con qué orgullo anunciaba: 

-La Señorita va a enseñá a leé a Josemaía…

Tu madre hasta te veía más alto y más fuerte desde que empezaste a leer.  Aprendiste muy pronto.  Demasiado pronto, pensaba yo que no sé qué extraña tristeza. 

Leer.  Un mundo nuevo de infinitos horizontes.  El mundo es tuyo, Josemaía.  El pasado.  El futuro.  ¡Conquístalos!  ¡Corre!  Que tú eres libre.  Vuela con esas alas que el alba coloca en tu negra espalda. 

¿Pero el hoy?  El hoy no es tuyo, Josemaía.  El hoy no sé de quién es.  ¿De los ricos?  ¿De los políticos?  ¿De los militares?  ¿De los curas? 

Nos hicimos amigos.  ¿Te ríes?  ¡Pícaro! ¿Es que te has olvidado?  Yo te regale mi más preciada posesión.  Aquel libro escrito por un hombre bueno, el de la frente amplia y los ojos brillantes y profundos como los sueños de la humanidad.  El libro con el poema de los príncipes y el relato de los tres héroes.  Tú eras mi único príncipe y héroe, Josemaía. 

Me enseñaste los nombres de las estrellas y, ¡hasta aprendí a atrapar jaibas en las noches que nos escapábamos al embarcadero! 

Fui libre aquel verano.  Tú me enseñaste a ser libre.  Enterré en la playa los zapatos de charol.  Me desnudé los pies.  Y el alma también…un poco. 

-Hay duda en tus ojos…

-Sí, ¡porque yo era negro!

-¡Qué amarga tu protesta!  Pero te quise.  ¿Por qué no me crees?  Dime, ¿por qué…? 

-¿Por qué lo hice?

-Cuando me lo dijeron, ¡si supieras cómo sufrí!  Nunca había llorado tanto.  ¿Por qué ríes, José? 

-No llorabas por mí.  Llorabas por el juguete roto.  Regresaste a la capital.  A tus aulas y a tus encajes, como tú dices.  Supiste que había robado, que había ido a la cárcel.  ¿Y llorabas? 

-No hables así, Josemaía.  Me haces daño. 

-¡Te hago daño!  ¿Y el que me hiciste tú a mí?  ¿No ves que me diste a probar la miel y te llevaste el panal contigo?  ¿No sabes que sembraste en mí las ansias de saber, cuando estaba condenado a vivir sin más texto que el de mi pobreza?  Me arrebataste después aquel mundo que me habías abierto.  ¡Qué sola quedó la playa sin ti!  Era verano y parecía enero.  Sentí frío la primera noche que te fuiste. 

-Pero Mamá estaba haciendo gestiones para conseguirte una beca…yo te había prometido… 

-Niña, mi niña del vestido blanco, yo nací sin esperanzas.  No creía en nadie.  Ni aun en ti supe creer. 

-¿Y qué pasó después?

-Tú lo sabes…Pasaron los años…Vino la Revolución.

-Y creíste entonces.  Me dijeron que creíste.

-Y te dijeron también que fui a tu casa, que me acompañaba la turba, que asaltaron, que robaron.  Yo a la cabeza.  No llores, niña.  No, no es mentira, pero no es verdad tampoco.  ¿Sabes tú que todo es así, ni verdad ni mentira?  Sí.  Yo estaba allí.  Sí, todo pasó como dicen.  Pero…yo iba en tu busca, ¡y ya no estabas!  Odié a la humanidad entera, y me odié a mí mismo, y a mi orgullo y mi falta de fe.  Y odié tu prisión y mi prisión y las prisiones del odio y los prejuicios y las prisiones de la revolución y las prisiones del mundo y del destino.  Presos.  Presos.  Presos todos.  Huí…Corrí… 

-No, Josemaía, volaste…que tú tienes alas. 

-Pues volé si tú quieres.

-¿Fue entonces?

                                                       ***

Al intentar buscar asilo en embajada extranjera un general del ejército derrotado, ocurre encuentro con fuerzas de las milicias rebeldes.  Un dirigente de las mismas aclaró que la muerte de la hija del general fue un accidente.

                                                                   ***

            -Sí, fue entonces, mientras corría, que te vi.  La bala te atravesó el pecho.  La sangre brotaba a través de tu vestido blanco.  Parecía que se te hubiese salido el corazón… 

            -¡Ya era libre, Josemaía, libre!

            -¡Pero yo estaba preso aún!  Y seguí corriendo…o volando, niña.

            -Yo sé a dónde fuiste.  Al mar, ¿verdad?

            -Sí, y llegué ya de noche.

                                                                        ***

            Un joven miliciano del Ejército Rebelde murió en la playa en cumplimiento del deber, defendiendo con su propia vida la Revolución que lo liberó de la opresión y la pobreza.  José María Valdés apareció ahogado.  Al parecer, agotado por largas horas de guardia, se quedó dormido y no sintió la alta marea que lo arrastraba.    

                                                            ***

            -Mas no fue así, Josemaía, ¿verdad?

            -No, niña.  No estaba dormido.  Yo caminé hacia la marea.  Caminé hacia las olas que me llamaban.  Sentía una voz.  Oía mi nombre más hermoso que nunca.

            -JOSEMAIA…Josemaíaa…Joseemaaíaaa…

            -Era un murmullo y era una orden.  Era el fin era el principio.  La muerte y la vida.  Eras tú.  Y era yo.

                                                            ***

                        Es una leyenda extraña.  Es cierto.  Mas me pareció ver dos niños por la playa.  Un niño negro, semidesnudo, y una chica vestida de blanco.  Correteaban de la mano al amanecer, con tal rebosante júbilo que no puedo creer que me digas que son espíritus.  Yo no creo en esas cosas. 

                                                                     Silver Spring, Maryland, 1976

Ilustración: Circunstancias, de Raúl de Zárate