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LA FIESTA DEL CAZADOR Lourdes Arencibia Rodríguez En
la fachada de la taberna de un insuficiente caserío levantado con
desgano al borde del camino, el letrero anunciaba: Bálsamo de
Alcobendas. No sé qué hacía en aquel sitio, ni lo que marcaba, ni por
qué había elegido yo aquel lugar para pasar la noche, pero el instinto
me advertía que no estaba allí por gusto. Tampoco el anuncio. "-Ganó
un concurso de carteles"- me dijo, al rescate de una historia
olvidada, como quien agarra un papel al aire, un hombrecillo desdentado,
poseedor de un chaleco sin botones, de una sola ceja que no le permitía
jamás mostrar su faz definitiva, y del convencimiento de que la
presencia del letrero había colocado alto alguna vez el listón de
aquel sitio que, por demás, carecía de paisaje propio. Se me antojó que la metáfora visual del tal
bálsamo, inexistente y a la vez perfectamente real, era capaz de
neutralizar la opacidad del momento en que la sempiterna y humana
dualidad de signos de vida o muerte se traducía, de cara al simbólico
paso, en un simple "o te quedas o te largas". "-Amigo, ésta es su noche para el
disparate, deje en casa el amarillo, pase y échese un trago",
chillaba el hombrecillo con aplomo de animador de circo, "que en
este lugar se ha hecho justicia". "El lenguaje nunca es inocente, menos en
boca tan desdentada", pensé y conjuré como pude la incertidumbre
que suele retrasar las decisiones con prisa por insinuarse. La ruta podía haber sido otra, pero ¡total!
estaba a un tiro de piedra de la ciudad y arriba, la luna convertida en
blanco perfecto, no ponía inconvenientes para suscribir la tregua de
las pistolas y encabezar la lista de los convocados a la audacia. "-¿Qué es eso de Bálsamo de Alcobendas?"-
pregunté al hombrecillo por
ser cortés, con el convencimiento de que a las masas no hay que
contrariarlas. "-Ya ve, eso nunca se ha sabido, lo que sí
puedo decirle es que el letrero que pintó Lucindo el día que se quiso
hacer pasar felonía por accidente, ha marcado el lugar donde los del
pueblo hicimos sencillamente lo que teníamos que hacer: tanto peor si
el ajusticiado no alcanzó más capilla ardiente que la tierra cavada y
ese cartel que usted ve ahí que además, ganó premio en un concurso ¡Salió servido! El de una sola ceja fingía hablarle a un
desconocido, pero en realidad lo hacía consigo mismo. Muchas veces se
había repetido aquella historia como si de veras se pudiera caminar con
la muerte. Adentro,
la mujer de la saya de campana mal prendida a la cintura con un alfiler
de los llamados "de criandera", arrastraba el dobladillo
descosido por las banquetas del bar…y esperaba, disimulando su reverso
de sombras. Esperaba fugarse un día a nuevos templos y alterar el
relato del mundo con un destello de necesidad en la mirada como quien
pretende después de todo desafiar lo cotidiano y buscar
viejas fórmulas para dignificar el infortunio y paliar el
desprestigio ancestral de la miseria. Con
las primeras luces que encendían el fuego de un verano impenitente,
aguardó en vano a que el hijo de Venancio le trajera la cántara de
leche para preparar el desayuno de los hombres que partían al campo sin
acordarse que los martes, Venancio va a la ciudad a ver a la querida y
no ordeña. Quiero decir, a la vaca ésta de aquí… Esperó entonces
por el carretón que llevaría a Lucindo a casa del pintor a preparar
los carteles del concurso y luego a la escuelita de la loma y con
ansiedad de camello esperó también a que echaran a andar la turbina de
atrás para lavarse un poco y de paso tirarle un par de cubos a las
baldosas del bar que quedarían igual de sucias. Pero era ya de noche,
Lucindo había ido y vuelto y ahí había puesto el cartel que hizo
sobre el mostrador para que ella lo viera. Quedó bonito. Aguarda un
momento…Había oído de lejos el silbato del tren y a lo mejor a algún
pasajero con apremio la noche le pone dientes y se queda y viene y entra
y le provocan sus ancas de yegua de trote y su sobaco ardiente y beberse
el absintio escondido entre sus piernas. Esperó…un punto por detrás
de una rutina que no confesaba su nombre. Cuando sintió que el hombre empujaba el portón, se levantó
arrastrando el dobladillo descosido de su saya de campana mal prendida a
la cintura y fue a quitar del mostrador el cartel de Lucindo que decía:
Bálsamo de Alcobendas. No tuvo tiempo de esconderlo debajo de la pesada
tapa de roble…Esta vez esperó demasiado…hasta para pedir auxilio. La
mujer de la saya de campana había
cedido al fin a la impaciencia del dolor y yacía en el piso desmayada.
Todo había ocurrido tan rápidamente que ni siquiera pudo contar lo
sucedido a la guardia rural, a Lucindo y a los demás. El hombre creyó seguramente que estaba
ocultando el dinero de la taberna debajo de la tapa de roble, dijeron
los del pueblo. En el forcejeo, se la dejó caer sobre las manos, gemía
Lucindo. Mira cómo se le han puesto de negras, mascullaba el
desdentado. Parece como si le hubiera caído encima el árbol completo,
decía la comadre. Se le ven negras porque hay poca luz, mintió el hijo
de Venancio. Aguanta un
poco madre, que hay que esperar que venga la carreta para llevarte a la
casa de socorro. La mujer de la campana
no podía escuchar el nuevo plazo. Tendría que esperar el resto
de la vida antes de sujetarse de nuevo la saya a la cintura.
Afuera, sin embargo, ya las cuentas habían quedado saldadas. Cuando el hombrecillo del chaleco sin botones
y una sola ceja terminó su
relato y decidí marcharme, amanecía.
Antes de irme, saqué la cámara del bolso, ajusté el flash y
tomé una foto del letrero y del lugar con el propósito de engrosar mi
catálogo de rutinas y esperas. Durante largo rato permanecí contemplándome
las manos. ¿Había dicho "saldadas",,,?
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