Gata
encerrada
(fragmento)
Daína Chaviano
Las
clases de magia se habían interrumpido durante tres semanas. La
profesora ─a quien sus alumnos llamaban la
Sibila─ tenía
una vida pública muy diferente: impartía clases de Materialismo Dialéctico
en la Universidad de la Habana. A veces tenía que ausentarse de manera
imprevista para asistir a seminarios impuestos por la rectoría.
─De algo hay que vivir ─se justificó ella, cuando Melisa le preguntó cómo
podía ser profesora de marxismo por el día e instructora de ciencias
ocultas por las noches.
─¡Son doctrinas incompatibles! ─insistió la joven─. Se puede ser materialista o bruja, pero no las dos
cosas a la vez.
─Enseñar marxismo es parte de mi karma; algo que no puedo evitar. Pero
mi verdadera esencia está aquí ─aseguró su maestra, acariciando el velo que cubría
una esfera de cristal.
Melisa
sospechaba que la mujer no hubiera logrado sobrevivir sin aquel
conocimiento heredado de su abuela, una irlandesa llegada a Cuba medio
siglo atrás, que le enseñó lo que era la Wicca...
La
amatista se escurrió entre sus manos y fue a darle en un pie. A punto
de soltar una maldición, recordó la advertencia de la Sibila: Nada
de pensamientos negativos. Un sólo sentimiento de venganza o de odio
proyectado en un ritual, y todo se volverá contra ti... Porque eso
era la Wicca: magia natural, vinculada al culto de la tierra, pero también
el uso de las energías psíquicas y su proyección hacia el entorno.
«Debí haberlo hecho anoche», se reprochó una vez más. «Esto
no va a resultar.»
Sin
embargo, tendría que intentarlo. La Sibila preguntaría y necesitaba
decirle alguna cosa... algo que, además, fuera cierto, porque ella
siempre sabía si le mentían.
Se
acercó a un armario donde guardaba más libros y apartó algunos. Con
cuidado fue sacando dos copas, una daga, varias velas, un platillo y una
especie de caldero diminuto. Se escurrió hasta la cocina para buscar el
salero y una botella de vino seco. De regreso en su cuarto, depositó el
cargamento en un rincón. Echó sal en el platillo, agua en una copa y
vino en la otra.
Al
cerrar la botella tuvo un instante de remordimiento. «Si abuela se
entera para lo que estoy cogiendo su vino de cocinar, me mata», se dijo.
Y es que la anciana lo atesoraba como si fuera un elixir maravilloso,
porque con ese vino sazonaba el pedacito de pollo que le correspondía
cada mes. Melisa se prometió que lo repondría con creces, aunque
tuviera que comprarlo a precio de oro en el mercado negro.
En
el interior del círculo formado por las velas, colocó los objetos.
Aunque sólo debía hacer un ejercicio de visualización, caminó en
derredor con la piedra, invocando la ayuda de los espíritus elementales.
Nunca
había intentado algo semejante. Sabía que no era recomendable hacerlo
sin la supervisión adecuada y no tenía idea de lo que ocurriría. La
propia Sibila le había advertido que cualquier cosa podía pasar dentro
de un círculo trazado sin la experiencia o el conocimiento necesarios,
pero ella no estaba dispuesta a esperar más. Así es que consiguió un
libro de magia celta, y llenó las lagunas existentes con su imaginación.
Cerró
los ojos y trató de enterrar sus pensamientos en la roca. Ráfagas de
colores atravesaron el campo de su visión, pero no luchó contra ellas.
Se limitó a seguirlas con su mirada interior hasta que, de nuevo, hubo
tinieblas y quedó a solas respirando, respirando, respirando... Estaba
adentro, en el corazón de la piedra. Oyó un sonido retumbante. Pensó
que se estaba dejando distraer por estímulos exteriores y trató de
abismarse en las profundidades minerales. La sensación de vértigo fue
en aumento. Escuchó una voz, varias voces, un mar de susurros que
reclamaban su atención. Creyó que iba a desmayarse. Abrió los ojos
que había mantenido cerrados y vio.
Bruma.
Una gran niebla cubriéndolo todo. Sus pies descalzos no pisaban las
losas de su casa, sino fango y yerbas. Trató inútilmente de reconocer
el lugar. Alguien se movía junto a ella, avanzando por el camino
enlodado; una persona que la guiaba hacia un sitio de reunión
importante. Respiró con fuerza.
«Lo estoy imaginando todo. Debe ser el sol que me da en los ojos.»
Pero
no había sol. En aquel sitio se iniciaba una llovizna. Quiso ver el
rostro de quien marchaba a su lado, y ─como en un mal sueño─ no pudo volver su cabeza.
Alguien más caminaba cerca, con su capa de cuero mojada por la llovizna
y oscurecida por el frío. ¿Era hombre o mujer? Hizo un esfuerzo por
descubrir sus rasgos y la figura se desvaneció.
Frente
a ella estaban de nuevo los familiares muebles, su anaquel con libros y
su colección de búhos y lechucitas. Había salido del trance... al
menos en parte. Por el cuarto en penumbras se movía una sombra. La vio
flotar encima de su cama, avanzar hacia un estante repleto de velas, y
luego deslizarse sobre la encrespada cordillera de papeles de su
escritorio.
La
amatista rodó de su mano hasta el borde del círculo y la sombra se
desvaneció de golpe. Durante unos segundos observó con perplejidad el
dormitorio, como si quisiera ordenar sus ideas y asegurarse de que
estaba sola.
«Anoche
estuve soñando», recordó entonces. «En el sueño también había una
sombra y era alguien que yo conocía.»
Guardó la piedra y permaneció inmóvil con la certeza de que,
si se esforzaba un poco, sabría dónde se hallaba aquella región
brumosa de su visión. Media hora después, seguía sin saberlo, pero
estaba convencida de haberla visto antes.