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Ricura 

David Lago

Ricura in memorian

a Enrique Ambulo Sánchez

Ricura era pura sabrosura, pero de un sabor extraño, imprecisadle. Se diría que su mote aumentaba la ironía y lo contradictorio de su persona y su comportamiento.  Porque, entre otras cosas, Ricura era tan excesivamente amable, tan sobrada y humildemente respetuoso en su trato a los demás que recordaba a los campesinos que se descubren ante el señor y, con el sombrero en mano dándole vueltas y más vueltas, balbucean unas palabras que casi son más bien el ruego de alguna caridad.  Siempre comenzaba tratando de “usted” a los demás y, por mucho que le insistieran para reducir un tratamiento tan obsoleto a uno más igualitario, él siempre terminaba tratando de “usted” a los demás.  No había remedio.  Al final, lo mejor era caducar ante aquella posición que Ricura otorgaba a sus congéneres, aunque, a decir verdad, en esto iba incluido la triste realidad de que en el fondo a nadie le importaba mucho aquel personajillo, tan factible de no ser tomado nunca en cuenta, casi menospreciado como un bichito que, de tan inofensivo, la gente se olvidaba con frecuencia que estaba entre ellos.

Pero era ideal para las fiestas.  Recuerdo que en algunas, al lamentarnos de lo tanto que sobraba, el anfitrión de turno solía decir: “No importa, después viene Ricura”, lo cual quería decir simplemente que acabaría con todo.  Así era, en efecto.  Se le preparaba una mesita aparte y una silla de espaldas a la concurrencia. “Ricu” llegaba, iniciaba y concluía las genuflexiones de los saludos más exquisitos, se sentaba a la mesa... y lo limpiaba todo, todo.  Directo al lavaplatos.

Su pasado había sido azaroso, pero al mismo tiempo ignoto, misterioso.  De él sólo se sabían con certeza los comentarios que algunas personas proferían fugazmente, en esos mismos momentos en que Ricura hacía acto de presencia en cenas y reuniones y que, a pesar de entrar por la única puerta común a todos, daba la impresión de que él lo hacía por la de servicio, siempre por debajo de los demás, siempre mirando hacia arriba como si todos los ojos quedaran por encima de los suyos.  En esto también le acompañaba su corta estatura, su vestimenta pasada de moda, sus camisitas de ropero de Caritas y sus zapaticos de Los Guerrilleros, eso sí, lustrados hasta alcanzar la calidad brillante del espejo.

Por la época en que le conocí y traté, trabajaba en una pensión de mala muerte al final de la Gran Vía madrileña, a escasos cincuenta metros de la Plaza de España.  Es difícil pensar que en plena Gran Vía existiera un lugar de esas características, pero se daba el caso de que su dueña, una antigua “mantenida” de los tiempos de Franco, ya octogenaria y aquejada de un largo y lento proceso de degeneración senil, parecía traspasar al inmueble su propia decrepitud, el abandono personal y todos sus sentidos apagados, menos, claro está, el de la avaricia, ya que administraba los dineros con mano de acero y se habría podido decir que aquel puño férreamente cerrado no pertenecía a una anciana sino al de una joven vital y ambiciosa.  Tanto como lo era Ricura ―en lo que a avaricia se refiere, que, además de trabajar, allí comía, allí se duchaba y allí dormía, sobre un camastro, en el más angosto de los departamentos de toda la casa, de modo que por poco que le pagasen, unido a todas las propinas que recibía de los huéspedes y al hecho de no gastarse una peseta ni siquiera en transporte, el monto acumulado era distribuido por una vasta red de cuentas bancarias, pues, como suele suceder con este tipo de personas, Ricura era también un ser sumamente desconfiado, y había capitulado a la modernidad del ahorro bancario pero al mismo tiempo como si tratase de una prolongación del pañuelito hecho un nudo y guardado en el sostenedor, encajado férreamente entre teta y teta.

Pero además de estos atributos, también era presuntuoso y coqueto.  Tan es así que el único dinero que se le haya reconocido como “gastado” fue el que empleó en hacerse la cirugía estética en la Clínica Barragán.  Con esto  ―además de coincidir todos plenamente en la idea de que le habían robado sus economías―  sucedió algo muy raro, y fue que, después de la operación, nadie ―y digo “nadie”―, podía recordar ni decir qué cara había tenido Ricura antes de hacérsela.  No sé. Quizás los “plásticos”, en pleno quirófano, ante aquel cuerpo yacente (cuadro que ya por sí solo debía impresionar lo suyo), se dieron cuenta de que aquél era un caso tan desahuciado como el de un vientre abierto en canal que descubren totalmente minado por las flores del cáncer, y decidieron suturar por detrás de las orejas como si hubieran hecho algo y seguidamente vendarle toda la cabeza como al Hombre Invisible.  No lo sé, repito.  Por supuesto, todos, hipócrita o compasivamente, le repetíamos una y otra vez lo bien que había quedado, pero lo verdaderamente cierto es que...

Una mañana voy bajando yo por la Gran Vía cuando veo que en sentido contrario se me acerca “algo” peligrosa y directamente, con manifiesta intención de cortarme el paso.  “Aquello” sabía mi nombre. Y hasta por mi madre me preguntó.  Yo a todo le decía que sí, por la posibilidad de que fuera un loco y de pronto sacara un arma (blanca) y me dejara tendido en la acera, pasto de la carroña televisiva, hasta que por fin me decidí y le dije eso que siempre se dice en tales ocasiones: “Perdona, tu cara me es conocida, pero no acabo de darme cuenta de quién eres...”  “¡Soy ...!”  ―fulano, con el nombre pasó lo mismo que con el rostro: el apodo lo sustituyó de tal manera que ya nunca más pudo ser recordado―.  Volví a excusarme por mi distracción, temprano en la mañana, venía pensando...  “Normal, David, eso es normal en los intelectuales.”   Pobrecito... hasta eso se había creído.  Y entonces me di cuenta:  era Ricura y no llevaba maquillaje.

Su lugar de origen, su punto de partida, había sido Panamá.  Descontado está que nunca se pudo saber si tal hecho había acaecido en el siglo XIX o en el XX.  Y se hablaba de que había andado medio mundo y de que por medio mundo había ido dejando dinero.  Nueva York, Roma, Milán, París.  Un paisano suyo decía haberle conocido vagamente en Panamá, con casa propia, hartamente frecuentada por hombres de barrios bajos.  Y un amigo común, todo maledicencia y dudosa veracidad, me aseguró que el capital le venía de la prostitución, lo cual le añadió ya el toque final: el del surrealismo.  Que alguien pudiera pagar por aquello era una pregunta de tan altos vuelos que escapaba a mi imaginación, y cuya respuesta jugaba a esconderse entre nubes plácidas y nubes negras, de esas otras que auguran inoportunas tormentas de consecuencias imprevisibles.

Ricura.  Ricura era tan raro que, incluso en fechas en que en España no existían los ilegales  (salvo los moros, por supuesto, que aun teniendo todos sus papeles en regla continúan siempre en la ilegalidad, como si fuese algo congénito), él ya lo era.  Eso por entonces no importaba mucho, pero los tiempos fueron cambiando, la inmigración aumentando, también el rechazo social, el control policial, y en uno de ellos cayó Ricura.  Calabozo.  Incomunicación.  La dueña de la pensión aprovechó y se guardó bien adentro del bolsillo el dinero que le debía.  Y por último, la expulsión.  Todo rapidísimo, cuestión de tres días; ni tiempo dio para despedirse de él.

Ciudad Panamá recibió al hijo pródigo.  Su casa y su balcón se volvieron a llenar de hombres y latas de cerveza, masas de puerco fritas, arroz con guandul.  Y pasaron los meses.

La policía irrumpió debido a la denuncia de los vecinos por el fuerte olor que se sentía al pasar por la puerta.  El descubrimiento fue aterrador: un cuerpecito hinchado a punto de reventar, desnudo, atado a una silla, la cara  ―aquella faz que una vez parece que conoció el bisturí de Barragán― desfigurada por los golpes, mechones de pelo por el suelo, la prótesis dental hecha añicos en un rincón, un macabro cigarrillo apagado sobre el hombro todavía pendía de la carne como una escultura postvanguardista, moratones que se dilapidaban entre las cuerdas y la piel tensa y lustrosa de la dilatación.  La autopsia reveló numerosas fracturas, y una craneal de necesidad.

Las pesquisas de una única hermana, que vivía en la miseria, revelaron varios pisos en Panamá, Nueva York, Milán y Madrid, además de millón y medio de dólares regados por medio mundo.

 Así terminó la sabrosura para Ricura.

(Madrid, 4 de julio de 2001)