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El jardín del verdugo

Jorge Llopíz

Ya no se reconocía la importancia del verdugo. Desde que las ideas de democracia invadieron al pueblo y a la mente del presidente Celestino, las ejecuciones habían disminuido considerablemente. La libertad, también, había tocado las playas de este recóndito lugar, que para muchos europeos tenía la forma de una mancha en el medio del mar. Lo único que a Inocencio le quedaba era la esperanza de que algún día volviese la tiranía, esa imagen que se había evaporado en estos tiempos, y que el joven había tratado de arañar para que no desapareciese del todo. 

En las mañanas, Inocencio limpiaba el patio del paredón. La hierba la recortaba pareja a una altura de diez centímetros sobre la faz de la tierra, simulando a un colchón verde y suave que se movía al compás del viento. Había logrado gardenias, amapolas y orquídeas en canteros tan escuálidos y mohosos que todos en el cuartel alababan sus buenas manos. No era por vanidad, pero realmente, si se entraba en el patio, de repente, se alcanzaba la agradable sensación de estar en un jardín babilónico o paradisíaco. Su fama llegó a los oídos del lugarteniente del Castillo, quien le ordenó que atendiera también la entrada y los alrededores de la fortaleza para quitarle un poco ese aspecto lúgubre y frío, que conservaba desde la última tiranía. 

La tarea fue bien difícil pues los céspedes estaban carcomidos, polvorientos y las antiguas pisadas se confundían con las más recientes. Inocencio podó los pequeños arbustos, que tenían sus ramas desaliñadas, y consiguió figuras circulares en forma de triángulo, que cambiaba por completo la fachada del cuartel. Sembró trozos de jardín sobre el manto grisáceo y en breve obtuvo una plataforma verde que le daba un toque más cálido a la rigidez de los ásperos muros. En varias semanas, la fortaleza se había ennoblecido y el temor y el sigilo merodearon al improvisado jardinero; si no apareciese una nueva víctima, podía ser despedido ya que un verdugo sin ejecuciones no necesitaba de un asistente. 

¡Qué suerte tuvo Inocencio! Llegó la primera víctima. Antes de que amaneciera, lavó con premura la ropa del verdugo, que tenía olor a humedad, y pintó de color blanco la pared del paredón. No le gustaba adular a nadie, pero debía conservar la posición de asistente, que había heredado desde su tatarabuelo. El convicto llegó al patio y llenó sus pulmones con el aroma de las flores y a Inocencio le pareció que alababa el ramo de azucenas, que crecía en la esquina del patio. Trece hombres uniformados de azul, con los filos de los pantalones bien planchados, se alinearon frente al acusado y ajustaron las armas sobre los hombros debajo de las mejillas. El asistente trató, como era su deber, cubrir los ojos del condenado, con una pañuelo de encaje color lila; mas el sentenciado no quiso: sería un placer para él morir mirando tan bello jardín. Inocencio, no podría negarlo, se sintió halagado. Nadie hasta ahora había sabido reconocer su trabajo. Todos llegaban y lo único que hacían era mirar al verdugo, pendientes de que levantara el brazo y lo dejase caer a la voz suave de fuego. De nuevo, tenía trabajo, las salpicaduras de sangre mancharon la pared y el césped. Debía de apurarse y barrer con abundante agua ese olor tan desagradable de lo inerte que pone en peligro el aroma de las flores frescas. Se afanó todo el día, pintando una y otra vez, para que no se perdiera la pureza del blanco. A la mañana siguiente, ya nadie podía advertir que, en ese patio, un hombre había abandonado para siempre el temor de ponerse viejo.  

Inocencio no sabía que iba a ser de él si el verdugo se retiraba. Este ya era un anciano. El brazo le temblaba y en ocasiones se quedaba dormido mientras los soldados se alineaban para disparar. El asistente tenía miedo pues nadie de la familia había llegado a ser un buen verdugo.  Claro, que Tata, su tatarabuelo, había conocido la guillotina y le gustaba limpiar la cuchilla con esmero, después de que la cabeza del ejecutado rodaba por el suelo. Inocencio lograba ver en la distancia, cómo condecoraban al tatarabuelo cuando tuvo la inventiva de introducir la cesta de mimbre en las ejecuciones públicas. Las personas, que vivían más cerca de la plaza donde se erigía la guillotina, se quejaban del mal olor que despedían los cuerpos; pese a que Tata echaba baldes y baldes de agua. Era incontrolable la pestilencia de la sangre que subía, subía y subía hasta el cielo, para después rebotar contra las nubes y caer sobre el tejado de las casas. La medida del gobernador fue cambiar la guillotina de una plaza a otra cada 30 días, con el gran riesgo de que se desnivelara el deslizamiento vertical de la cuchilla. Entonces, fue que a Tata se le ocurrió lo de la cesta de mimbre. Las cabezas dejaron de rodar sin rumbo sobre los adoquines.  

El ingenio traía, a veces, desventajas, y Tata lo comprendió un domingo repleto de sol. Fue por la época en que ejecutaban a más de cien hombres por día. La meta era alta y cumplirla requería de mucho esfuerzo. El verdugo ponía primero la cabeza de la víctima en el hoyo de madera y, luego, accionaba la palanca para que la cuchilla corriese hacia abajo. Ese domingo, después de una semana de intenso trabajo, el verdugo extenuado se descuidó y metió las manos, después de bajar la palanca para ajustar la cabeza del condenado, que había quedado ligeramente inclinada. Las manos y la cabeza cayeron dentro de la cesta de mimbre y el Tata sin quererlo se vio, de pronto, en el puesto de verdugo.  

El tatarabuelo había anotado en un manojo de hojas, el cual consideraba su diario, que una cosa era comer uvas y otra comer nueces. La responsabilidad de un verdugo era tan grande que un asistente no podía percatarse de ello, preocupado como estaba en la limpieza del patíbulo. Tata no conservó la serenidad, que le exigía la nueva posición, donde el ejecutante se sabía frontera, puerta de roble, que separaba al mundo de la eternidad. Comenzó a tener pesadillas y se enfermó de fiebre reumática. Apenas podía moverse. Entonces, fue necesario traer un nuevo verdugo, aunque inexperto -como mostraba su hoja de servicios-, pero listo para devolver a Tata a su antigua posición. Tata recobró, por arte de magia, la salud. Jamás le dolieron los huesos y nunca más se sintió desorientado. Deseó, en agradecimiento, legar sus experiencias a la nueva descendencia mediante el diario, que noche tras noche, escribía a la luz de las velas, y que para buscarse unos reales tituló: “No pierda la paz ante el patíbulo”. El diario fue todo un acontecimiento, pasó de mano en mano y llegó a imprimirse para regocijo de quienes lo conocieron y, por supuesto, de Inocencio, que conservaba un ejemplar bajo la almohada. Todos los días repasaba el diario para no descarrilarse de los asuntos más caros de un asistente.  

El lugarteniente le ordenó a Inocencio que se vistiera con la ropa del verdugo. Iba a venir el nuevo presidente Remedios a presenciar la ejecución de un general, dos capitanes y un sargento. No quería que tan distinguida figura se percatase de la existencia de un verdugo - viejo, desanimado y tembloroso-,  dirigiendo el pelotón. Inocencio le dijo que podía conseguirle a alguien, que haría el trabajo con mucho placer; pero, según el lugarteniente, no contaba con más presupuesto; y después que el viejo se retirara, iba a quitar la posición de asistente. ¡Qué otra cosa iba a hacer! Escaseaban las provisiones en el castillo desde que el presidente Celestino las había recortado desde el ayuntamiento de la capital. El asistente, en un último intentó, propuso compartir con la persona, que estaba recomendando, la comida, la cama y la ropa; pero el superior se negó rotundamente. No tenía otra alternativa. Había llegado la hora de Inocencio. El próximo domingo debía ejecutar a los militares. Si no fuera por Tata, que había dejado sus vivencias en aquel libro, se hubiera hundido en la más profunda desesperación. 

Todos –pensaba Inocencio-, deberíamos tener un Tata. Pobre de aquel que iba por la vida, solo, sin nadie a quién consultar. En las noches, antes de acostarse, el tataranieto leía en el libro la frase del día escrita hacía casi dos siglos atrás;  así podía levantarse radiante, ceñirse la ropa de verdugo y esperar animado al debutante, con la esperanza de que el cuerpo de la víctima se separase del alma con la mayor brevedad. Inocencio tapó sereno los ojos del condenado con el pañuelo de lila y luego, le recostó la espalda a la pared blanca. Bajó el brazo y los tiros salieron ligeros a esconderse en los poros de la piel. Gracias a Tata no tuvo pesadillas. Él le había descubierto el lado oculto del corazón de los ejecutados. El hombre que robaba, asesinaba y mentía no lo hacía por maldad sino por temor a la vejez. Miles de cabezas, que él recogió en su cesta de mimbre, no tenían canas. Recordaba a muchos: él que había sido guillotinado por defender al rey; otro, por respaldar al pueblo; uno más, por simpatizar con la monarquía y el último, por coquetear con el nuevo estado. Cientos de ideas, novedosas, diversas, opuestas, antiguas, hermanadas rodaban dentro de la cesta de mimbre sin permitirle al rostro, ni al cuerpo que las portaba, arrugarse, encanecerse y desovillarse en el tiempo. Así, el verdugo cumplía el oculto deseo de la víctima de no llegar a viejo. 

Inocencio hizo tan bien el trabajo que el presidente Remedios admiró la perfección y limpieza de sus actos. Supo ejecutar a los militares de acuerdo al rango. No se opuso al deseo del sargento de voltearse a la pared blanca para no ver la llamarada de los fusiles. Una vez que el militar le dijo que estaba listo el verdugo dio la orden de fuego y la mirada del sargento quedó incrustada en el cemento. Sería una falta grave –pensó Inocencio-, llamar a los dos capitanes, sin antes recobrar la blancura de la pared. Así, lo hizo. La limpió tan bien y rápido que ambos no advirtieron nada. Los capitanes, por su parte, querían mirar cara a cara las bayonetas y escogieron el cantero de flores más oloroso del patio. Sus cuerpos cayeron tras la descarga de los fusiles, dañando algunas azucenas y lirios de los canteros de la derecha. Inocencio apartó los cuerpos aún calientes y recogió las flores que se habían desprendido de las ramas. Por último, llegó el general con las manos atadas a la espalda y dirigiéndose a Inocencio le agradeció el cuidado del jardín. Al verdugo le tembló un poco la voz, cuando los soldados alzaron las bayonetas pues estaba seguro que ni Tata había tenido la mala suerte de enviar al más allá a un hombre con tan buen gusto.  

El presidente Remedios si supo valorar los esfuerzos de Inocencio. Le subió el salario, le puso un asistente, le dio un horario regular de ocho horas y no permitió que trabajase los domingos. Nunca más faltaron las ejecuciones; ni los bonos, premiando la buena conducta de Inocencio. Sus esfuerzos fueron bien reconocidos y él consiguió que el paredón de fusilamientos siguiera siendo el más bello jardín del planeta. Por primera vez, el antiguo asistente sintió que ser un verdugo era bueno, que ayudaría a muchos hombres de la tierra a cumplir con su oculto deseo de no llegar a viejo. Por eso nunca dejaría de gritar:  “abajo la democracia”, que tanto daño le había hecho a los verdugos del mundo.