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Narciso

Rafael López Ramos

 

Dice que cuando miró su reloj eran las 7:12 y pensó que si no se apuraba iba a perder el metro de las 7:30 (yo le rectifiqué "la guagua", pero insistió en que era el metro), así que terminó de beberse el batido de mamey y puso el vaso en la máquina lavaplatos. Sin esperar a que sonara la campanita de ring de boxeo del microwave, sacó el sandwich cubano; el queso no se había derretido totalmente, pero se lo empezó a comer con avidez mientras la cafetera eléctrica terminaba de colar aquel café semitransparente, que luego se sirvió en la taza de la Estatua, souvenir turístico de Liberty Island, N.Y., regalo de su ex-novia y colega Angy Gómez en su primer mes de relación. Recuerda cuando Angy llegó al instituto como parte de un intercambio académico con la Universidad de la Florida. Desde el principio quedó fascinado con su estilizada belleza cubano-americana (nacida en Cuba, criada en Miami) y su competencia profesional. También recuerda la primera vez que la llevó a su apartamento. Habían celebrado juntos la cena de nochebuena en casa de un amigo y al final de la velada ella se ofreció a "darle botella" hasta su casa. Llevaba un vestido rojo con detalles blancos que pretendía ser una ingenua alegoría navideña, aunque era realmente un guiño de malicia erótica, por la forma en que acentuaba sus curvas peligrosas -para choferes sin licencia. Cuando llegaron y se encendió la luz en la cabina del auto, ella descubrió una mancha de grasa de cerdo en su costoso vestido de Santa Clausesa, pretexto que él enseguida aprovechó para invitarla a subir y tratar de limpiarlo con algún mágico producto. Bebiendo su café contempla el sofá en cuyo respaldar cayó el vestido -aún con la mancha- mientras ellos rodaban abrazados sobre los cojines. En rápidos flashazos su memoria repasa los gloriosos fines de semana subsiguientes, que comenzaban en los cruceros nocturnos del litoral norte, bailando al ritmo de las mejores orquestas soneras de la isla y la Florida o bebiendo champán en la cubierta, arrobados por el romántico espectáculo de las luces habaneras, que parpadeaban en la distancia como una clásica y edulcorada imagen bolerística. Entonces ellos brindaban por el futuro, tras derramar por la borda un chorrito de bebida en honor a los miles y miles que esas aguas se había tragado en su desesperado intento de escapar (de adolescente, Angy imaginaba a la isla como una inmensa cárcel de Sing-sing, rodeada de enormes y obesos tiburones. Pero lo mejor de aquellos fines de semana era, sin dudas, sus edénicos domingos de clausura en este mismo apartamento. Para evitar a los eternos sapos, conectaban la contestadora automática y dejaban que el día se escurriera dulcemente sobre sus cuerpos desnudos, entre sesiones eróticas que tenían como intermedio viejas películas nacionales de la época del ICAIC, cervezas Habey y pizzas González que él recibía en la puerta a medio vestir, provocando la sonrisita socarrona del mensajero. 

Pero ahora, sin mucho más tiempo para remembranzas, él regresó bruscamente a la realidad y terminó de ajustarse la corbata ante el espejo de la sala; desconectó el aire acondicionado y conectó la alarma electrónica, para cerrar por último la puerta y salir al pasillo en busca del elevador, un sofisticado y silencioso equipo japonés, graciosamente contrastante con el añejo edificio Art-Deco, aunque había quedado como nuevo tras la impecable restauración realizada el año anterior por la alcaldía. Cuando el ascensor paró en su piso, lo asaltó el parloteo de cuatro vecinos que bajaban del sexto. Todos interrumpieron su charla un instante para saludarlo y enseguida retomaron sus respectivos diálogos, que se cruzaban como disparos en un campo de batalla. - Mire, compadre, si ese Johny Jimene es bateador, mis orejas son clavele -dice el mulato gordo que porta una caja de herramientas de electricista. - No, yo no digo que tenga el average de un Canseco o un Víctor Mesa, pero el muchacho promete, si no espera la temporada del año que viene pa' que tu vea -argumenta el joven melenudo que lleva colgado al hombro un bolso de computadora Laptop. - No tiene ni el average ni el brazo. Qué va a tener brazo ese muchacho cria'o con corn flake!; pa' podel competir en la pelota aquí en la isla todavía tiene que comel mucha carne 'e puelco -continúa el gordo, como si fuera un gurú nutricional antivegetariano. Los otros dos pasajeros del ascensor son la esposa e hijo del electricista; una señora rubia y adiposa que parece estar en sus cuarenta años -aunque sólo tiene treinta y dos- y un niño mestizo e hiperquinético que le saca punta a un lápiz y flexiona las rodillas al ritmo de una percusión rapera que imita oralmente. - 'Tate quieto muchacho a ver si puedo acabar de abrocharte los cordone de lo zapato. To' los día es la misma tragedia: la guagüita del colegio pitando allá abajo y tú sin vestirte to'avía. Te voy a tener que despertar a las cinco 'e la mañana, pa' que tengas tiempo de recrearte to' lo que te dé la gana. - Oooiga, la verda que hay que tener cara pa' llamar Almendare a ese equipito e' mielda. Eso no es ni la chancleta del Almendare. - Aaah, Fico, no me venga a decir que tú te acuerda del Almendare, que en esa época tú no habías ni naci'o. - Bueno, yo no había naci'o, pero el viejo mío se pasaba to'a la serie nacional haciendo comparacione y guardaba como oro unas revistas Bohemia de ante del cincuentinueve. - Dale m'hijito, termina que todavía me vas a sacar un ojo con el jodi'o lapi. Echa pa'lante el otro pie, to' los día es la misma recondenación contigo. Oye Fico has algo, viejo, a ver si este muchacho se controla aunque sea un minuto. - Chichi, deja al niño que se desenvuelva que él salió así a su abuelo. - Mami, )que quiere decir "foqui"?. - Ay, qué se yo, eso lo dicen en las película cuando se fajan; pero por si acaso, no se te ocurra decírcelo a nadie, que tú siempre estás inventando. El vuelve a mirar su reloj con ansiedad y al abrirse la puerta, atraviesa el vestíbulo a grandes trancos, en competencia con el niño que corre hacia el ómnibus escolar estacionado junto a la acera, sin oír la despedida de su madre: - By-by Juanito, !pórtate bien, que la "seño" no me vaya a dar otra queja de tí! Cogió por la calle San Lázaro hasta la estación del Ameijeiras Bros. Memorial Hospital y bajó corriendo la escalera eléctrica mientras sacaba un billete de tres y otro de un peso, que azarosamente quedaron con las esfinges de José Martí y Narciso López hacia arriba, cuando los puso en la ventanilla para pagar el boleto. Esta momentánea conjunción de ideologías vernáculas de la colonia le hizo recordar el simposio Pensamiento Político en la Historia de Cuba, que el instituto donde trabaja estaba organizando para el próximo año. Aunque era temprano ya estaba sudando copiosamente, así que entró enseguida en la estación buscando el aire acondicionado y, camino al andén compró en un estanquillo El Herald Habanero, pero ni siquiera llegó a abrirlo porque sintió el ruido del tren que se acercaba. Entró al vagón más cercano y cuando se acomodó en el pasillo cobró conciencia de la intensa sudoración que le cubría el rostro y el cuello. Se secó con el pañuelo y se aflojó la corbata, pero enseguida las gotas volvieron a rodar por sus mejillas. Quizás el aire acondicionado está defectuoso, pensó, volviéndose hacia los otros pasajeros en busca de una explicación; pero lo que vio le provocó una confusión aún mayor, que se fue convirtiendo en horror. Todos sudaban tanto o más que él, pero lo que ponía la verdadera nota de absurdo en aquel vagón era su inquietante aspecto de vitrina de museo antropológico nacional. Un grupo de esclavos africanos entonaba cantos yorubas, atándose tiras de sus harapos en la frente para contener el sudor; dos indios Siboneyes golpeaban con una Coa el vidrio de la ventanilla, mientras un hacendado criollo del siglo XVIII y un barbudo del Ejército Rebelde trataban de abrir la puerta haciendo palanca con la bayoneta de un fusil tomado a un "ralladillo" del ejército colonial español quien yacía medio desfallecido en el asiento, con la casaca desabotonada. Al fondo del vagón, una Ajinetera@ hecha una sopa se inclinaba sobre el sexo de un turista canadiense que bebía con los ojos cerrados un Cuba Libre y, ocasionalmente, se frotaba la cara con el vaso frío. Junto a ellos, en medio del pasillo, un gallego bodeguero sostenía por las piernas a un "seguroso" que se había quitado empapada su inconfundible guayabera (traje nacional devenido disfraz policial) para golpear con la culata de su pistola la rejilla del aire acondicionado en el techo. Entonces sonó aquella estridente alarma que paralizó a todo el mundo. Y Narciso Gutiérrez Pérez, maldiciendo alargó el brazo para desactivar el timbre del viejo despertador soviético, porque eran apenas las 6:30 A.M. y ya estaba bañado en sudor a causa de un apagón matinal que lo había privado del ventilador, mínimo alivio en el tórrido agosto insular. Se secó el sudor con la sábana y comenzó a levantarse tan despacio como si le doliera cada movimiento. Se aseó con una astilla de jabón de lavar, que también usó como pasta dental (hacía tres meses que no la distribuían en la bodega de su barrio); luego fue a la cocina para prepararse el desayuno, consistente en el panecito de 80 gramos que le corresponde por la Libreta de (des)Abastecimiento, aderezado con un poco de aceite y sal, un vaso de Cerelac (misteriosa, arenosa e insípida formula a base de soya) y un café parcialmente "descafeinado" debido al método que usa para ahorrar al máximo el costoso grano, cotizado ya a 80 pesos la libra en la bolsa negra: extrae de la cafetera sólo la mitad de la borra de la colada anterior y rellena el espacio con polvo fresco. La cocina de kerosene estuvo unos cinco minutos negándose a gasificar y tuvo que volver a echarle alcohol y calentar el gasificador hasta que al fin logró encenderla sin que produjera aquel humo negro y hediondo. Puso primero a la candela el cacharro de aluminio con el Cerelac y después la cafetera "italiana", fabricada en Santa Clara. Desayunó de pie ante la meseta de la cocina, aspirando insensiblemente sus vapores tóxicos, con la vista perdida como un zombie en las manchas de humo de la pared. Recordó que en el sueño se comía un sandwich entero en el desayuno y sintió una punzada en el estómago mientras se trasladaba al cuarto para vestirse y guardar en su gastado portafolios de vinyl el periódico Granma donde publicaron el material de estudio que deberán "analizar" ese día en el instituto donde trabaja. El texto habla de ...la sociedad civil socialista cubana que componen nuestras potentes organizaciones de masas (...), las sociales, que como es sabido agrupan entre otros a los combatientes de la Revolución, a economistas, juristas, periodistas, artistas y escritores, etc., así como otras ONGs que actúan dentro de la legalidad...; pero a Narciso esto le suena aún más absurdo que su sueño, pues no logra entender cómo una sociedad civil puede tener al mismo tiempo un carácter político -homogéneamente socialista- y estar compuesta por las organizaciones de masas que el propio gobierno "organiza" para controlarlas mejor. Con el gancho de presión sujetó el portafolios en la parrilla de su bicicleta china Forever (toda acero), que él ruega cada día no tener que usar for ever, dado el excesivo peso de su metal constitutivo. Palpó las gomas antes de salir al corredor de su piso, tirando con cierta violencia la puerta del apartamento, pintada de un esmalte carmelita lleno de grietas que dejan ver su antiguo color verde botella. Yo bajaba con mi bicicleta al hombro y lo ví en el quinto piso, mirando con disgusto el mural del CDR que hay junto a la escalera, porque esta semana una nueva propaganda ha inundado la ciudad en carteles, vallas, contraportadas de revistas y televisión: sus letras en rojo y azul dicen "Ante todo tenemos Patria". Cuando lo saludé, soltó un hondo suspiro y se subió también su bicicleta al hombro, mascullando "yo me conformaría con que tengamos corriente por la tarde pa' poder subir la cabrona bicicleta en el elevador". Y bajó la escalera detrás de mí, maldiciendo por lo bajo como para resarcirse de todo el silencio que deberá guardar durante el resto de la jornada.    

Ilustración: Cachita, de Rafael López Ramos