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La felicidad en persona

Ezequiel Pérez Martín

Los sistemas secretos de alarma del aeropuerto se activaron y decenas de personas corrieron a ocupar sus puestos para situaciones de emergencia. Las cámaras ocultas de la terminal aérea detectaron que un hombre se estaba disfrazando en uno de los baños públicos. Su fisonomía se transformó totalmente: su escasa cabellera encanecida devino trigueña y con ligeras ondulaciones, al colocarse una peluca. Sus ojos azules se convirtieron en negros, mediante un par de lentes de contacto. Y su rostro, escrupulosamente rasurado, quedó semicubierto por una espesa barba y un poblado bigote. No contento con esta extraordinaria metamorfosis, instaló sobre su cabeza un sombrero como los utilizados por los exploradores y un par de gafas oscuras que sepultaron el ya falso color de sus ojos. 

A través de los monitores del centro de vigilancia interna desfilaban uno por uno los actos de aquel hombre que rondaba el medio siglo de vida, de movimientos ágiles y seguros, quien de pronto quedó cubierto por un enorme sobretodo oscuro que le llegaba a las rodillas.

Frecuentemente consultaba su reloj y ante cada chequeo del horario imprimía más velocidad a su inusual operación, como quien se prepara para acudir a una cita inminente.

A los pocos segundos de ser descubierto se tomaron las medidas de control necesarias. Dentro del propio baño dos agentes de los cuerpos de seguridad del aeropuerto se confundieron con otros pasajeros que entraban y salían del lugar, mientras el extraño sujeto completaba su disfraz en uno de los cubículos individuales.

Todo un equipo de hombres y mujeres fueron puestos en alerta máxima y cuando el impostor salió al salón principal, apoyándose en un bastón y cargando un portafolios, tenía muchas miradas profesionales sobre sí.

No convenía detenerlo tan prematuramente. Era necesario seguir el desarrollo de sus acciones, pues bien pudiera tratarse de una falsa pista, con el fin de llamar la atención y dispersar las fuerzas de seguridad a fin de concretar alguna acción real en otro lugar de la terminar aérea. Además, era un hecho que el hombre no representaba aún peligro alguno, pues los modernos equipos de detección de explosivos o armas en poder de sus seguidores, no habían revelado resultados positivos.

Hasta el momento todo se limitaba a una simple tarea de control preventivo, iniciada desde que dos policías penetraron en el baño segundos antes y no lo perderían de vista en lo adelante.

El operativo prosiguió meticulosamente mientras el hombre se acercaba a la escalera que daba acceso a la terraza donde el público acudía a recibir o despedir familiares y amigos.

El hombre caminaba lentamente, renqueando un poco, sin dejar de mirar hacia adelante. Daba la impresión de que tenía una meta concreta, un objetivo preciso. El único indicio de excitación eran sus constantes consultas al reloj que llevaba en su muñeca izquierda.

De pronto una jovencita que parecía tener mucha prisa tropezó con el hombre accidentalmente y el bastón rodó varios escalones abajo mientras su dueño tuvo que sostenerse fuertemente del pasamanos para no caer él también.

La muchacha, visiblemente apenada, recogió el bastón y se lo alcanzó, mientras le acomodaba el sobretodo, pero él rechazó la ayuda y aceptó las disculpas.

Continuó subiendo las escaleras, un poco más de prisa y mirando el reloj con mayor frecuencia.

A partir de ese momento en el centro de control de la seguridad pudieron comprobar que la excitación del sospechoso era más marcada de lo que suponían. Mediante un diminuto dispositivo habilitado para detectar todo tipo de sonidos, colocado hábilmente por la muchacha del accidente bajo la solapa del sobretodo, se comprobó que la respiración del perseguido cobraba un ritmo mayor a cada momento.

Al principio los investigadores creyeron que era el resultado del esfuerzo físico por el ascenso, pero pocos minutos después, cuando ya el hombre estaba cómodamente instalado en el rincón menos concurrido y visible de la terraza, sin apenas moverse, la respiración se hacía más y más intensa.

Era evidente que algo le ocurría, que estaba a punto de llegar a un clímax emocional, pero no podían hacer otra cosa que continuar vigilándolo, pues no había delito alguno en sus actos todavía.

Los agentes secretos a su alrededor, disfrazados a su vez de pasajeros o público en general, verificaron más de una vez que ni en el portafolios ni sobre su persona había algo que pudiera representar peligro.

Sin embargo, la excitación del hombre iba en aumento. Parecía sereno, distendido, pero no lo estaba. Su tensión crecía y era compartida por el numeroso grupo de agentes secretos que lo tenían bajo total control desde hacía diez minutos.

En el centro de control de la seguridad todos especulaban y se miraban enigmáticamente. No encontraban peligro en los actos de aquel hombre pero no podían correr el riesgo de perderlo de vista.

Ante la posibilidad de que se tratara de un ardid para distraer la atención y debilitar el control de las fuerzas de vigilancia en otros puntos de la terminal aérea, se dio la orden de alerta máxima en todos los niveles del aeropuerto que en ese momento estaba colmado de personas pues era la hora de mayor entradas y salidas de vuelos internacionales.

Ese día quedaría inaugurada una nueva ruta aérea proveniente de un país donde imperaba un régimen totalitario, con muchos enemigos en el exterior y por eso cualquier indicio de peligro debía quedar descartado. Tal circunstancia, y el inesperado disfraz del misterioso hombre, eran las únicas singularidades de la jornada, por lo demás, tranquila y rutinaria.

No se había detectado ninguna otra anomalía en el resto de las dependencias del aeropuerto.

Cuando a lo lejos se inició el descenso del avión de la nueva línea aérea, la respiración del sospechoso aumentó notablemente y ya no dejaría de incrementarse más y más.

Los agentes secretos se acercaron a él todo lo posible hasta asegurarse de que podrían frustrar cualquier intento de acción peligrosa. La nave aérea se posó sobre la pista y apagó sus motores tras ubicarse en el lugar indicado.

El hombre ignoraba completamente a quienes lo tenían prácticamente cercado. Su único movimiento fue un ligero estiramiento hacia arriba y delante para dirigir mejor su mirada en dirección a las personas que descendían del aparato recién llegado.

Su vista quedó clavada en la puerta del avión, expectante, muy excitado.

Todos los pasajeros salieron y el hombre permaneció allí, como una estatua. La densidad de público disminuyó significativamente en la terraza porque ya no había nadie a quien dar la bienvenida en ese sector. Pero el hombre seguía inmóvil, impertérrito, con la mirada clavada en el rectángulo del aparato por donde salieron los pasajeros.

En el preciso instante en que se iniciaba un análisis en la jefatura de la central de inteligencia para determinar los pasos a seguir, el hombre hizo un movimiento como quien pretende ocultarse de algo o de alguien.

Fue cuando, en el marco de la puerta del aparato, se dibujó la figura de un hombre joven, uniformado. Era el capitán de la nave, encabezando el desfile de miembros de la tripulación.

Su respiración quedó suspendida, entrecortada. Toda su energía parecía concentrarse en sus ojos, los cuales perseguían a aquel piloto que caminaba erguido, sonriente, intercambiando bromas con sus colegas y saludos con las autoridades asistentes a la bienvenida oficial por la inauguración de la nueva línea aérea.

El hombre lo siguió con la mirada, como si quisiera devorarlo con ella y por debajo de las oscuras gafas rodaron dos lagrimones.

Entonces la respiración devino sollozos, rítmicos, casi imperceptibles, incontrolados, mezclados con susurros que evidenciaban un desgarro emocional.

El sospechoso quedó como en otro mundo. Se olvidó de todo, del presente, de su situación, sus precauciones y sus acompañantes.

--¡Mi hijo! --gemía bajito, como tragándose sus palabras y sin dejar de mirar a aquel piloto-- No podía dejar de venir. ¡Perdóname! ¡Hace tantos años que no te veía! Sé que tú también quieres verme, pero no te lo permiten y por eso no me autorizaste a venir a verte cuando te lo pedí. Pero aquí estoy y tú lo sabes, aunque sea sólo para verte, sin poder siquiera saludarte o darte el abrazo que me muero por darte...

Se detuvo en seco porque el capitán entró al edificio y quedó fuera de su marco visual. Permaneció en silencio total unos segundos y daba la impresión de estar incursionando entre sus recuerdos. Su mano derecha comenzó a cerrarse con fuerza y su rostro se vistió de una expresión impresionante, llena de vida, de victoria. Era la estampa de un vencedor.

Con paso triunfante comenzó a desandar el trayecto anterior, sin mirar ni una sola vez su reloj de pulsera. Cuando bajaba la escalera, reapareció la jovencita del accidente y, sin darle tiempo, le besó una mejilla.

--Este beso se lo manda un hombre que sabe mucho de aviones --le susurró en el oído al perplejo padre.

Minutos después, cuando la muchacha se presentó ante sus superiores les dijo:

--Acabo de ver la felicidad en persona.   

                                                           Mendoza, Argentina, abril-mayo-1997 

Ilustración: Good by Miami, de Raúl de Zárate