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Los expulsados del paraíso

Héctor Santiago  

 

                                     ARMANDO GINEBRITA

 I

El Marlborough se mecía lentamente con los bandazos de la corriente que lo tiraba contra el muelle para después en un rebote separarlo de las viejas tablas como intentando romperle las ataduras y llevárselo mar adentro. Lord Albemarle parecía un pavo real reventando de orgullo mirando su nave capitana. A su alrededor había una congestionada multitud sacándole partido al momento para hacer un poco más de negocio; las putas tratando de hacer una última clientela, los periodistas del London Times queriendo averiguar el final de la flota real, los vendedores de pull overs con el escudo de Su Majestad, los de sombrillas, bastones, te, abrigos London Fog, unos ministros mandados por el arzobispo de Canterbury que vendían biblias, copias de cantos litúrgicos y misales episcopales, un grupo de maricones de Liverpool que ofrecía servicios de escondites, mientras en una esquina los jamaicanos vendían marihuana al lado de unos vendedores de videos y revistas pornográficas. El Comodoro Kepel y el Mayor General Keppel, sus hermanos, se le acercaron algo sudados dentro de la pomposidad de las casacas militares, tricornios emplumados y la pesadez del largo sable. Lord Albermarle les señaló con orgullo las dos naves menores que comandarían.

-¿Tienen televisor?- Pregunto el Comodoro que no quería perder el partido de rugbi entre el Liverpool y el Manchester. El Mayor General aprovechó para preguntar también -¿Ya llegó el london broil?- -Lo cambiamos por tasajo- -¿Por qué?- Preguntó el Mayor General algo molesto de esta alteración en la dieta inglesa. -El viaje será largo y el tasajo dura más- El Mayor General se acotejó la peluca con disgusto -Todavía no sabemos ni para dónde vamos- -Tengo órdenes de no revelarlo hasta que no venga la Reina. Esos hijos de puta de la CIA y los espías de De Gaulle andan por todos lados- -¡Espero que al menos para donde vamos podamos beber el te a las tres en punto!- Lord Albemarle iba a contestarle a su hermano cuando las trompetas reales sonaron con sus estridentes pompas deteniendo a todos en sus quehaceres. -¡Su Majestad!- Dijo con admiración viendo el carruaje real que entraba al muelle con su escolta. La Reina Isabel II vestida toda de azul, incluida su inútil carterita -que todos sabían vacía- de la cual no se libraba nunca como si en ella estuviera el verdadero símbolo de su realeza y no en el cetro y la corona, alzó su mano y saludó levemente a la multitud que la vitoreaba. Detrás bajó la primera ministro Margaret Teacher La Dama de Hierro, que con su fría sonrisa y un leve movimiento también saludó a todos para después posar su mirada analítica sobre la flota. Apenas hizo un leve gesto y Lady Constanse su secretaria se puso a su lado con una pequeña libreta y un lapicero de oro presta a escribir -Quiero saber cuánto costó avituallar la flota con cerveza irlandesa. Si no sacamos un buen botín de guerra los Laboristas me van a cortar la cabeza en la Cámara- -Fue gratis Milady- Le susurró al oído Lady Constanse señalándole hacia los costados de las naves donde habían pintados unos vistosos letreros: “CERVEZA DUBLIN LA MEJOR”. Después apuraron el paso para situarse junto a la Reina que subía al Malboroug con Lord Albemarle y sus hermanos.

Pese a la pompa y solemnidad de los acontecimientos los periodistas se mostraban sólo interesados en la Princesa Diana y su estirado esposo Carlos el Príncipe de Gales, cuyas diferencias matrimoniales había divulgado EL Globo desatando un frenesí en torno a la pareja real. Después de los saludos de rigor a la tripulación la comitiva bajó al camarote de Lord ALbemarle. Todos se sentaron en una larga mesa, Lord Albermarle cogió un enorme sobre en el que estaba escrito: “SECRETO. OPERACION CAIMAN”, rompió el sello real y extendió el mapa. Al momento Margaret Teacher reconoció el área que tanto había inspeccionado cuando la guerra de Las Malvinas. Suavemente la Reina describió con su enguantada mano un gesto circular mientras preguntó -¿Cuál es la isla?-, pues el desparramo de tantas islitas la tenía confundida. -¡Aquí Su Majestad!- Lord Albemarle pasó su dedo sobre la alargada forma. Sus hermanos sonrieron satisfechos de saber por fin cuál era el destino de la flota de guerra.

Después de las explicaciones del plan de batalla la comitiva real se dividió en varios grupos; la Reina regresó a su palacio después de leer unas cortas palabras que no sacó de su carterita si no que se las entregó su secretario Sir Roger, llenas de patriotismo conminando a todos a poner bien en alto el nombre de Inglaterra. Mientras revisaba a la tropa el Lord Chambelán le dijo discretamente al Comodoro Keppel -¡Cuidado con las mulatas de la isla! ¡Dicen que son la candela!- El rostro del Comodoro se enrojeció como si hubiera sido cogido in fraganti en un deseo morboso que ya había planificado. También el obispo de Canterbury le susurró otro discreto consejo al Mayor General -Por muy mal que les vaya en la batalla, no intenten consultar a ningún babalao ni espiritista. ¡La brujería de la isla es tremenda!-

Sabiendo Lord Albemarle que la propaganda era el sesenta por ciento del éxito en cualquier guerra, había contratado al pintor francés Dominic Serres para que pintara las escenas de la guerra y los retratos de los altos oficiales, además de que éste se conocía la ciudad y sus conocimientos del terreno ayudarían al plan de invasión. Después de pasar recuento y revista a las provisiones, dejándole bien claro a los tres hermanos que no daría un penny más para costear la expedición, con un saludo de mano Margaret Teacher les dijo -Quiero que me traigan todo lo que encuentren en la isla. ¡Como el botín no sea bien grande voy a tener problemas con mi partido!- El Príncipe Felipe, el rey consorte, le dijo a Lord Albermarle palmeándole el hombro -¡Denle por el culo a los franceses y los gallegos!- La Princesa Diana preguntó discretamente -¿Tienen minas de diamantes?- -No Su Alteza. ¡Azúcar, tabaco y ron!- Contestó Dominic Serres. La Princesa hizo un gesto de contrariedad pensando que tendría que comprarse en Tiffanis las gemas para su tiara. El último en hacer preguntas fue el Ministro de la Defensa Lord Winton Churchill, que discutió con los oficiales los planes de contrainteligencia para estar bien seguro que ni los espías del Zar de Rusia podrían enterarse del rumbo de la flotilla. -¿Hasta los rusos están metidos en esto?- Preguntó asombrado el Comodoro. -¡Los gringos, chinos, franceses, gallegos, mexicanos y otros hijos de puta!- -¡Debe ser una isla muy importante cuando todo el mundo está metido en su destino!- Ahora realmente interesado el Mayor General volvió a mirar en el mapa el dibujo del contorno de la isla. Finalmente Winston Churchill le estrechó la mano a todos mientras decía -¡Tráiganme una caja de habanos H. Uptman!-.

La comitiva real bajó y entre las notas del himno Dios salve a la Reina las naves comenzaron a salir de Portsmouth aprovechando los vientos que parecían estar de parte de la Armada de Su Majestad al hinchar las enormes velas. Los reporteros de la BBC trasmitían para Londres el evento, por lo que la ciudad parecía haberse paralizado al reunirse todos frente a los televisores, de cada casa salían gritos patrióticos y en los bares irlandeses se abrían nuevos barriles de cerveza y whisky. Las naves desaparecieron en la lejanía, comenzó a caer la fina lluvia londinense, todos sacaron sus paraguas, comprobaron la hora en la Torre de Londres y viendo en el Big Ben que faltaba poco para las tres, apresuraron el paso para no llegar tarde al ritual del te.

En Barbados se avituallaron de más tasajo que cargaron a bordo los marineros en medio de protestas y recriminaciones, pues estaban hasta los cojones de la carne reseca y preferían un cambio en la dieta diaria. Lord Albermarle que sabía lo importante que era mantener a los marineros y soldados alegres les dio el día libre para que se fueran de jolgorios y putas, además de prometerles que el botín de guerra sería tan abundante que regresarían ricos a sus casas, y como ya era fama la riqueza de la isla todos comenzaron a hacer planes con el dinero que les tocaría. Al otro día volvieron a hacerse a la mar, entre la despedida ruidosa del Gobernador, los clamores de la nobleza criolla, la indiferencia de los esclavos y la tristeza de los granaderos dejados al cuidado de la isla que no fueron seleccionados para reforzar la tropa invasora.

En Jamaica embarcaron unas pintas de ron para celebrar la victoria y unos esclavos que les dio el Gobernador ya que le iba interés en que se ganara la isla para la colonia británica, pues ya tenía nerviosos a los plantadores de azúcar la primacía que ésta iba logrando en el mercado mundial del azúcar, de la misma manera que había despertado la ira y envidia de las otras islitas que temían su avasallador crecimiento, y hacían todo lo posible porque ésta no lograra ir más allá de la situación en que se encontraba, pues cualquier cambio en su status significaba una competencia indetenible y por lo tanto el verse relegados a la sombra de la isla que sobresalía entre todas por sus riquezas y progreso. De ahí que los comerciantes y terratenientes les ofrecieran de buena gana las mercancías que les hicieran falta, todos motivados por la envidia y el odio a la isla. Entre vítores y salutaciones con cañonazos despidieron a la flota, en la proa de cada uno de sus barcos los orgullosos hermanos Keppel contestaban los saludos apenas sin moverse, pues Dominic Serres les dibujaba inmortalizando este momento.

Supieron que habían llegado a las costas ansiadas cuando vieron una balsa llevada por la corriente. Creyendo que eran unos náufragos los rescataron. -¿Ustedes son rusos?- Preguntó con desconfianza una mulatica. Después de comer de mala gana el insípido tasajo y unos biscuits se negaron a beber el te. -¿No hay Coca-cola?- Preguntó uno de los balseros despertando miradas despectivas entre los hermanos. -Y cuándo naufragaron?- Les preguntó Dominic Serres que conocía a la perfección el idioma de la isla. -Oye mi hermano. ¿Tú estás comiendo catibia? ¿No ves que somos balseros?- Lord Albemarle los acercó al mapa y describió sobre éste el corto recorrido que les esperaba -Pronto los regresaremos a La Habana-. El grupo tembló mirándolo con miedo. Una de las mujeres tomó la mano de Lord Albemarle -¡Nosotros lo que queremos es ir a Hialeah!- Los oficiales buscaron en el mapa. -¡En Miami mi socio!- Dijo uno de los hombres señalando La Florida. Uno de los jovencitos tomó uno de los mosquetes y los apuntó con ira -¡A mí nadie me hace volver!- -¡Preferimos que nos coman los tiburones!- Dijeron todos a una sola voz. Viendo que estaban realmente turbados Lord Albermarle les sonrió mientras los invitaba a una cerveza. -Podría mandarlos para Jamaica- Dijo. -¡Chico Miami o nada!- Respondió una negra dándose con el puño cerrado unos golpes en el busto y pateando las tablas. Finalmente quien pudo disuadirlos de no llevarlos con ellos de regreso fue una niña que halando la casaca de Lord Albermarle le dijo con voz llena de esperanza -¡Yo quiero ser súbdita de la Sawesera!- Vencido dio éste la orden de avituallarles la balsa con comida y agua. Los más jovencitos pidieron alguna ropa “Para llegar con buena pinta a La Pequeña Habana”. Entre los vítores de los balseros la balsa comenzó a alejarse impulsada por la corriente, totalmente asombrados la tripulación reunida en la cubierta los despidió. -Yo no sabía que esto estaba pasando- Dijo un grumete escocés al que respondió un marinero pelirrojo -Dice el London Times que todo está montando por la CIA-, y envueltos en una ruidosa discusión retornaron a sus labores. Los hermanos Keppell se miraron discretamente como hacían cuando querían hablar en la intimidad, lanzaron una última mirada a la sombra de la balsa que se perdía en el horizonte y bajaron al camarote mayor. Quitándose la peluca manchada de sudor el Comodoro miró con rostro grave a sus hermanos -A mí me parece que hay algo raro en todo esto. Se veía bien claro que esta gente no quería regresar a la isla ni muerta-. Lord Albermarle se dirigió al francés con tono turbado -Monsieur Dominic. ¿Podría decirnos que querían decir con eso de que: “allá se estaban comiendo un cable?”- -Eso en cubano quiere decir que la estaban pasando muy mal-. Muy serio el Mayor General se acercó a su hermano -¿No decías que la isla era riquísima?- Lord Albemarle miró el mapa con rostro grave -Bueno... La inteligencia militar nos hizo llegar el último discurso del Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla...- Buscó hasta que encontró un papel que leyó -Dice aquí que para el año dos mil quinientos van a tener...- -¡Pero estamos en mil setecientos sesenta y dos!- El Comodoro intranquilo le arrebató el papel de las manos, balbuceando a medida que leía -Para el año tres mil vamos a ser los máximos productores de coquito prieto en todo el mundo... Tendremos más quesos que Suiza vacas...- -¡Señores!- Dijo Dominic Serres con una ligera mueca en los labios -¡Yo me conozco a los criollos y son muy ezxagerados1- -¡Pero es un informe oficial!- Protestó Lord Albemarle a quien jamás se le hubiera ocurrido engañar a la Reina en sus informes -¡Está firmado por el Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla... ¡El Masmandante en Jefe!- Dominic Serres se rió abiertamente. Lo miraron asombrados -¡Allá le dicen el “Alucinante en Verde”!- Lord Albemarle iba a seguir preguntando cuando un grito estalló en la cubierta -¡Cuba!-

Desembarcaron en Cojímar. Lord Albermarle clavó triunfalmente su sable en la arena -¡Esta es la tierra más linda que ojos humanos vieron!- El Comodoro le dio un leve codazo -Hermano. Ya eso lo dijo Cristóbal Colón-, con el ceño fruncido el Mayor General respondió mirando a la muchedumbre que había acudido a recibirlos -¡Y fue bastante exagerado!-. Los pueblerinos comenzaron a rodearlos curiosos. -¡Son los yanquis!- Gritaban todos como negados a oír a los primeros soldados que desembarcaron -¡Somos la Armada de Su Majestad Isabel Segunda!- -¿Qué dice?- Preguntó una vieja que había salido encuera de su casa sin darse cuenta al oír los gritos de sus vecinos. -¡Ay hija, yo no sé inglé!- Le contestó una mulatica que después se metió entre los soldados -¿Quién me da un chicle caballeros?-. Por todas partes los habitantes del lugar rodeaban a los marineros y soldados ofreciéndoles comprarles en bolsa negra cualquiera de las cosas que pudieran venderles. Otros les intercambiaban en el trueque frutas por espejos, cotorras por cascabeles, maracas por sombrillas. Pero los de más éxito eran los escoceses que no daban abasto cambiando sus sayas a cuadros por tabacos, y los irlandeses que daban estampitas de San Patricia por botellas de aguardiente. Lord Albemarle reuniendo a la tropa dio un solo grito -¡A La Habana!- Entusiasmado la tropa gritó -¡Good save te Queen!- -¡Bin en inglés es frijoles! Gritó entusiasmado pese a no haber oído bien un viejo maestro de escuela.

-¡Caballeros van a repartir frijoles!- Gritó la vieja que había sido vestida con la casaca de un granadero y una sayita escocesa y ahora loca de orgullo se paseaba entre la muchedumbre. ¡Se armó un aquelarre de empujones, gritos, que a duras penas pudieron contener los soldados!  ¡Qué chusmas son! Pensó el Comodoro al ver la molotera. Finalmente Lord Albemarle dio orden de que les dieran el odiado tasajo que todos repartieron de buenas ganas. Los pueblerinos corrieron a sus casas escondiendo las lajas de carne para que los delatores de los Comités de Defensa no los denunciaran. Los más jovencitos se fueron detrás de la tropa rogándoles que los aceptaran aunque sea cargándoles las mochilas. -Es que aquí no hay futuro- Decían con rostros tristes que les partía el alma a los soldados que los contrataban por un penny a la semana para que les llevaran sus mochilas y les espantaran los mosquitos que ya se cebaban en todos.

En Guanabacoa ya habían huido los nobles gallegos y los oficiales del Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla. En un desesperado intento el Alcalde de la ciudad había propuesto recibirlos con una procesión de la Patrona, la Virgen llamada “La Tutelar”, pero una vieja beata gritó desesperada -¡Esos desgraciados son herejes y no creen ni en su madre!-. Así que todos prefirieron encerrarse en sus casas, en tandas de rosarios para amilanarse el miedo, enterrando los doblones y oros en el patio, mandando a las casaderas para las quintas en el campo y rogando que las milicias de Pepe Antonio derrotaran a los ingleses.

Fueron los negros y los mulatos quienes los recibieron con toques de tambores y rumbas que armaron en los solares congestionados, a cuyo jolgorio se unieron marineros y soldados aportando a la rumba el sonido de sus gaitas, tamborines y flautas. Corrió el ron junto al whisky y la cerveza, repartieron de sus mochilas algunas latas de comida. -¡Qué insípida coño!- Protestaron unas negras voluminosas vestidas todas de blanco. -Vamos a prepararles un congrí con yuca y lechón pa que vean lo que es una comida de verdad!- Dijeron todas y se pusieron a cocinar entre cantos, risotadas, la letra insinuante de un guaguancó que salió de las tumbadoras, y el trasero ardiente de las mujeres derritiendo el hielo de los ingleses. A duras penas Lord Albermarle tuvo que recorrer las calles haciendo sonar las trompetas llamando a la tropa, so pena de insubordinación, para que regresaran inmediatamente al improvisado campamento en las afueras del pueblo. Calladamente se replegó la tropa rumbo a la ciudad, dejando en los lechos revueltos un reguero de corazones rotos que al año siguiente explotó en el nacimiento de cientos de jabaos; piel mulata con facciones de Dublin, Escocía y Gales.

-¡San Cristóbal de la Habana!- Dijo triunfalmente Lord Albermarle mirando a la ciudad amurallada desde las alturas de Jesús del Monte. Ya por la costa el Comodoro había seguido con las naves Dragón, Cambridge y Marlborough hasta la entrada a la bahía donde bombardeaban el Morro sin misericordia. Frente al río Almendares el coronel Howe atacaba el torreón de la Chorrera con el Belisle, mientras parte de su tropa desembarcaba sin resistencia alguna rumbo a la batería de San Lázaro, y la vanguardia cortaba el canal de agua que suplía a la ciudad desviándolo a desaguar en la bahía de la ciudad. Al cabo de tres días la peste que salía de la ciudad podía sentirse a varias millas, no pudiendo descargar sus toilets los habaneros preferían botar para la calle los excrementos en bolsas, y no pudiendo bañarse se escondían en sus casas pestilentes, maldiciendo en el miedoso secreto de todo lo que fuera criticar al Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla, que nunca se había ocupado de reparar las cisternas de la ciudad, pues había desviado el dinero asignado al Cabildo en armar a sus amigos que combatían al Emperador en Etiopía, los piratas que asolaban Cartagena, y los que batallaban entre sí en Angola, además de cavar túneles bajo la ciudad donde armadas las milicias esperaban desde hacía unos cuarenta y cinco años la invasión desde McDonalandia, o cualquier otro enemigo en turno con el cual siempre tenía ocupados a los habaneros y así podía acusar a cualquiera de los descalabros de su mandato. Ahora pretextando que los ingleses habían establecido el bloqueo los acusó del estado ruinoso en que se encontraba la ciudad. Pese a que nuevamente en bandos leídos a través de toda la ciudad volvió a pedir que se sacrificaran y prometió que en el año cuatro mil recogerían los frutos del duro trabajo, todos sabían que eso significaba más penurias y necesidades.

Lord Albemarle llegó hasta las alturas de la fortaleza de La Cabaña, donde parapetó su artillería mayor apuntando hacia la ciudad desvalida, alzó su sable y con un grito -¡Fuego!- comenzó a bombardear a San Cristóbal de La Habana. Sobre los techos de tejas rojizas comenzaron a caer jamones, quesos, pedazos de tocino, pollos, perros calientes, latas de frijoles, saquitos de te, bolsas de leche en polvo, panes, biscuits, pasteles de manzana y una brillante lluvia de caramelos, bombones y frutillas secas. Pronto los vecinos sacaron tímidamente la cabeza y al ver la comida colgando de los postes de la luz, las palmas, en las calles, los techos, balcones, salieron en tropel tratando de coger lo más que pudieran, fajándose a puñetazos, entrándose a patadas, mordiéndose, las viejas rompiendo cabezas con sus bastones, las mujeres rodando por las calles arrancándose los pelos, los hombres apuñalando a sus contrincantes, y hasta los niños golpeándose con bates de pelota. Pero en donde era mayor la pelea fue hacia el Paseo del Prado donde caían los espejuelos de sol, grabadoras, jeans, paquetes de cigarros, chiclets, discos de los Beatles, sneakers, camisas de los clubs de fútbol, guitarras eléctricas, relojes, radios portátiles, fotos de Londres, y el resto de las cosas que atrayendo hordas de jovencitos desataban una feroz batalla por lograr aunque fuera las bolsas plásticas con los nombres de las grandes tiendas de Londres.

En el palacio de los Capitanes General el Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla recibía los partes de guerra que le iban ensombreciendo el semblante, haciéndolo que sin darse cuenta comenzara en una creciente desespero a halarse los pelos de su canosa barba. Informaban los Comités de Defensa que nadie peleaba ni ofrecían resistencia alguna a la tropa de los ingleses que invadían La Habana; la preocupación mayor parecía ser obtener de a como fuera la comida que caía sin cesar sobre la ciudad. Muchos de los jóvenes criollos se habían tirado a cruzar la bahía en cualquier cosa que flotara, y en los muelles se vendían tablas por enormes cantidades en libras esterlinas, se ofrecían palanganas que se trocaban por joyas, los pescadores vendían sus sencillos botes por palacetes y casas, hordas enfurecidas habían asaltado una funeraria y se tiraban a las aguas en ataúdes, les arrancaban a martillazos las ruedas a los ómnibus, el toldero Matías Pérez alquilaba su globo a los que tuvieran las fabulosas sumas que exigía como pago del pasaje; parecía que lo único importante era llegar a la otra orilla y refugiarse bajo el amparo de los ingleses. Ya ni importaban los cuerpos de los ahogados que flotaban, ni las aletas de los tiburones que habían entrado a la bahía atraídos por el olor de los cuerpos. La creciente multitud vadeaba sin problemas las dos naves rusas que el Ministro de las Fuerzas Armadas, hermano del Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla, había hecho hundir a la entrada de la bahía para impedir el paso de las naves invasoras.

Del otro lado de la bahía, en Casablanca y Regla, los ingleses veían con espanto cómo salían de las aguas fangosas las mujeres con sus hijos en brazos, inválidos arrastrándose, ciegos tanteando las rocas, viejos pidiendo a lágrima viva que los ayudaran, jóvenes pasando por encima de los cuerpos de los más débiles e indefensos. El Cabildo de Regla sacó en procesión a la Virgen negra pidiéndole con llantos que cesara la guerra, los grandes babalaos y santeros se vistieron de blanco rogando que Yemayá la Señora del Mar los escuchara en sus súplicas y detuviera aquella oleada incontenible de gente cruzando la bahía.

La noticia de que la partida que el Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla, había mandado para que tratando de embarcarse por el Mariel llegara a las Naciones Unidas y protestar por la invasión había sido atrapada por los ingleses, cayó como un balde de agua fría entre los nobles y oficiales que se habían refugiado en la Capitanía General. Tampoco las palomas mensajeras que soltaron para que llegaran hasta el Kremlin habían podido salvarse de unos hambrientos mulatos, que recién llegaban desde Santiago donde se había corrido la noticia, para encontrarse que ya no quedaba nada del bombardeo. El Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla se arrancaba la barba a pedazos. De pronto entró al salón Don Santiago González Marqués del Sueño Rosado con un grupo de comerciantes gallegos, para expresarle su apoyo incondicional y anunciarle que había enviado una comisión de gaiteros, para que protestara oficialmente ante Lord Albermarle porque estaban dañando el turismo gallego. Después siguió entrando un aluvión de otros desesperados comerciantes; una comisión de charros comandados por Don Pri de la Rosqueta, que habían comprado el castillo de La Punta donde habían abierto una pulquería y reclamaban que las tropas inglesas se retiraran de inmediato pues le estaban dañando el negocio, los japoneses protestando por sus casas de te con los techos llenos de carnes sobre las que se habían lanzado hordas de auras tiñosas, provocando que las geishas huyeran despavoridas por la ciudad invocando a gritos la protección del Emperador Hiroito, los suecos que negociaban con la pólvora, los argentinos que habían tenido que cerrar sus escuelas de tangos, los dominicanos protestando que no se podía encontrar un solo plátano en toda la ciudad. Pero de todos éstos los únicos que habían podido tener un poco de suerte fueron los canadienses, que mostrando el título de propiedad sobre el recién comprado malecón habanero, se quejaron de que fueran precisamente sus compatriotas quienes los arruinaran, pues era el punto clave para las jineteras y pingueros que entretenían con sus cuerpos a los turistas de Montreal y Québec. Lord Albemarle les pidió disculpas en nombre del Comonwealth, aconsejándoles que todos los negocios canadienses y británicos en la ciudad hicieran ondear en sus techos sus respectivas banderas. Apenas se corrió la voz los techos de la ciudad se convirtieron en un colorido carnaval de banderas de todas las naciones.

Los periodistas del New York Times y los corresponsales de CNN les tomaban fotos y entrevistaban a los miembros de las milicias de esclavos negros y pardos, a los que el Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla había armado con la promesa de declararlos libres si combatían a los ingleses, pero la mayoría prefería que la recompensa fuera que les garantizaran el viaje a Hialeah, pero al serle negado se retiraron, dejando un pequeño grupo de voluntarios que ni sabían disparar los viejos mosquetes enviados por Iván El Terrible, pues hacía años que se le había prohibido a la población portar armas. Pese a eso el New York Times publicaría que la milicia en pleno y toda la población salieron a defender al Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla, y CNN mostraría a Jean Fonda llorando ante las cámaras de televisión mientras condenaba la destrucción de las antenas de televisión del negocio de su marido Ted Turner, que ahora sobre las azoteas de los grandes hoteles turísticos no podían trasmitir al estar cubiertas de rezagos de comidas que interceptaban la recepción ó habían sido destrozadas por los que arriesgaban sus vidas para subirse con tal de agarrar los trozos de comida que pendían de ellas.

Quizás el golpe mayor vino con el informe de que el Marlborough había hundido el pequeño barco que trató de romper el cerco de las fragatas que custodiaban la costa, y cuya misión había sido tratar de llegar en el continente a los amigos del Supremo Barbudo Gobernador General de la Isla, para que armaran ruido y exigieran el inmediato retiro de las tropas invasoras. Este ya con escasos pelos en la barba se dejó caer en su trono como si de pronto hubiera envejecido mil años más -¡Caballeros esto se acabó!-. Don Robaina Duque de la Verborrea y Marqués Enano del Exterior presidió la comitiva que planteó los términos de la rendición a Lord Albemarle, que en ese momento estaba reunido en su tienda de campaña con los inversionistas extranjeros que se habían proclamado neutrales alegando que a ellos sólo les importaba el dinero y negociaban hasta con el Diablo, dejando bien claro que ellos habían llegado colonizando primero y exigían respeto por sus inversiones. Les aseguró el nuevo gobernador que Su Majestad respetaría la integridad de sus negocios. Todos sonrieron satisfechos, después se levantaron a la una para gritar con fuerte acento -¡Good save the Queen!-, como ayer habían gritado -¡Dios proteja al Rey de España!-. Camino del Palacio de los Capitanes Generales Lord Albemarle y sus hermanos pudieron observar el estado lamentable en que se encontraba la ciudad; las casas apuntaladas, techos caídos, fachadas rajadas, lomas de basura por doquier, la peste saliendo de las casas. -Debió haber sido una gran ciudad- Dijo con algo de pena el Comodoro. -¡Todavía le queda algo!- Por el tono parecía que Lord Albermarle lo decía para engañarse a sí mismo. -¡Pero muy poco!- Comentó de mala gana el Mayor General espantando a las moscas que le cagaban la peluca.

Las tropas eran recibidas con aplausos y un tropel de chiquillos pidiendo -¡Chiclet Mister!- y los mayores -¡Coca-cola mi socio!-. Cuando ya el griterío era ensordecedor les tiraban algunos cascabeles, espejitos, bonetes y hasta cajas vacías de cigarros que todos se peleaban por coger. Desde los balcones las damas trataban de llamar la atención de los granaderos con los mejores vestidos conseguidos en el racionamiento perpetuo establecido por el gobierno, con la esperanza de poderse casar con alguno que se las llevara para Inglaterra, y a última hora para una islita colonial pues en el desespero se agarra cualquier cosa. A la entrada del palacio estaba el Ex-Supremo Ex-Barbudo Ex- Gobernador Ex-General de la Isla con sus ministros, el Cabildo, miembros de su partido, y sus seguidores, que con lágrimas no podían creer que ya por orden de Lord Albemarle los esclavos traídos de Barbados echaban abajo el muro que rodeaba a la ciudad, diciéndose entre sollozos -¡Se cayó el muro coño, se cayó!-. Lord Albemarle saludó militarmente al decaído gobernante sin poder evitar extrañarse de que en su barba sólo se veían a trechos pequeños cabellos encanecidos. Con voz grave el depuesto gobernador les ofreció mostrarle la ciudad, anunciando que la recepción oficial sería a la noche en el cabaret Tropicana donde las mulatas de culos más grandes los entretendrían. Lord Albemarle escuchaba en silencio las descripciones que éste le iba haciendo. No quería mirar los rostros del Comodoro y el Mayor General para no evidenciar su pensamiento: “¡Esto es una papa caliente! Solamente hay ruinas. ¿Qué le voy a decir a la Teacher? ¡Mierda!” -¿Sabía usted Lord Albemarle que para el año cinco mil vamos a tener una vaca por cada habitante?- Miró las manos gesticulantes del viejo depuesto gobernante. “¡Que isla tan rara! Es como si estuviera en perpetuo estado de alucinación”...

¡Lord Albemarle! ¡Lord Albemarle! ¡Lord Armando! ¡Armando coño despiértate! Dio varias vueltas en la cama dejando escapar una palabrota, cubriéndose con la vieja sábana. -¡Chico que llegó la carne y se nos va a pasar la cola!- Se estiró malhumorado -¡Mira que todo lo que tenemos pa comer es huevo!- -¡Ya va coño!- Al mismo tiempo el puerco que su vecina criaba en el cuarto de al lado comenzó a chillar taladrándole los oídos ¡Ese hijodeputa qué ganas tengo de verlo hecho chicharrones! En el patio del solar sonaban los cubos que los vecinos ponían en una fila en espera de que llegara el agua. Un golpe de aire le trajo el vaho apestoso de los toilets repletos de mierda. -¡Armando que ya van por el ciento cuarenta!- El día en que venía a la bodega alguna comida era su peor castigo... Aunque después él era el primero en mirar con desaliento el abollado plato de lata con una laja transparente de pan, un huevo frito, y si era día de excesos un poco de agua con azúcar. -¡Estoy hasta los cojones del huevo frito!- -¡Díselo al Partido! Bastante hago que al menos comemos, mira la pobre Chencha que..- -¡Ya me sé de memoria la cabrona historia de Chencha!- -Dicen que en Cuatro Caminos están dando yogurt por la libre- -¿Con este calor ir hasta allá?- -Yeyo te puede prestar la bicicleta- -A lo mejor cuando llegue ya se acabó. Hay gente que hace la cola desde la madrugada- -¡Ay, Dios mío, qué hijo me mandaste, que no quiere hacer nada!- -¡Eso mismo! ¡No quiero hacer nada! ¡Lo único que me interesa es que esta cabrona isla se hunda en el mar!- El puerco aumentó sus estridencias que rebotaban en los pasillos de la casona colonial. En el solar unas mujeres comenzaron a pelearse por el sitio de sus cubos. Se removió en la cama preso de la desesperación. No tenía más remedio...

Abrió los ojos lentamente. Siempre cuando regresaba de los viajes le daba una patada en el estómago al verse entre las mismas paredes descascaradas del cuarto, los escasos muebles, la cocinita de kerosene sin kerosene para encenderla, el orinal lleno hasta los topes al que el calor comenzaba a desprender gases apestosos, los cables clandestinos de la luz que se agolpaban entre el techo y las paredes siempre con la amenaza de provocar un incendio ¡Coño si me quemo ojalá se achicharre ese maldito puerco! Se incorporó mirando ahora más claro sin querer ver; ni su madre, ni el puerto de Portmouth, ni la Reina Isabel, ni el Tamésis, ni La Habana invadida por los ingleses... Sólo la nada. El monstruoso vacío. Si acaso los restos evidentes de las cosas que podía mendigarle a los turistas, que compraba con los dólares que le dejaba ser el intermediario para vender las antigüedades coloniales, joyas, incunables y pinturas llegadas a la isla en la fiebre europeizante del burgués siglo XIX isleño que tanto amasó la sacarocracia criolla y ahora salía en valijas diplomáticas, maletas turísticas. Lo que se ganaba con su prodigiosa verga que llamaba Kamasutra, otras veces haciendo de chulo barato conectando a los jóvenes con la avalancha de locas y pedófilos que no cesaba de llegar atraída por el turismo sexual más barato del mundo. Y sobre todo las cosas que se conseguía entre las Utópicas Verdes, los cubanólogos visitantes con sus dólares; el frasco vacío de Barbitol caído al lado de la cama que le traía la Bruja de la Cábala, el rastro de la marihuana en el cenicero que fumaba con la Mofeta Alemana, las revistas extranjeras regadas por el piso que le dio Doña Bárbara del Orinoco, la ropa que le quedaba tras sus desfiles de modas a Jeanino Pietro Gutian, las cajas ahora vacías de cigarros que le cogía a Mama Roma, su ginebra preferida que le compraba en Miami Emiliano del Vergel o cualquiera de los otros miembros cubanosamericanos de la Brigada Siboney, y otras cosas que proveían el Vikingo, Lupita La Roja, Baguette de Oro, La Comeniños David Solomon; la Santa Claus maricona como le llamaba Olokum pues siempre traía con él los regalos de las locas de San Francisco pertenecientes a Queer for Cuba. Cada una de las cosas del basural que se amontonaba en las esquinas le producía un amargo sabor en la boca, recordándole los ocasionales visitantes que entraban en su vida, que venían de sus aburridas vidas occidentales a intelectualizar cómo salvar a la revolución que conocían de libritos, el postmodernismo, lo malo que era el capitalismo donde todos vivían holgadamente, la omorosis del lenguaje inclinico¿?, los arquetipos sociales de la estética argiva **+@!!!!?. Circulando el cuadrado intelectualoide durante toda la noche mientras las cárceles se repletaban, el dengue y otras epidemias reaparecidas entraban en cada casa y la anemia se comía a los ancianos y se perdía cada día unas diez horas inventando cómo sobrevivir. Pero los salvadores de la utopía se reunían para hablar en nombre de los cubanos con zapatos de Givenchi ($40, 000.00liras), perfumes de Dios ($1500.00francos), relojes Paté ($1,500dols), vestidos de seda ($20, 000.00pesetas), sandwichs (comprados en la tienda especial por dólares), jamones (que generaciones de niños no conocían), frutas que se habían olvidado que existían, la Coca-cola que tanto odiaba para hacer el cocktail Cuba¿libre?, entre la humareda de cigarros rubios. Y nadie tenía la vergüenza de preguntarse si el embargo de los yanquis era tan brutal qué hacían esas cosas en las tiendas y hoteles, pero no era el momento de ser objetivos si no de teorizar para ponerse en paz la conciencia de que sólo ellos tenían acceso a eso y después regresar a sus países a seguir disfrutando del sistema que querían erradicar, gozar la libertad que éste les daba y disfrutaban pero él no podía, para olvidarse de todas nuestras desgracias hasta el próximo congreso, el regreso a la futura utopía gestándose por algún lado. Reuniones donde metidos en sus burbujas ni se daban cuenta que mientras teorizaban en ese miserable cuarto él y los del grupo sólo se preocupaban por comer, comer, llenándose de a como pudieran como los camellos, tumbarles cajas de cigarros, llevarse si es posible una botella de bebida, y decirles a sus nudos gordiano intelectualoides a todo que sí para cuando se fueran reírse hasta el dolor de estómago llamándolos a la criolla “¡Comemierdas!”. Reuniones papagayas donde no había ningún discurso nuevo ni proposición si no perpetuar lo torcido, excusar los desastres, con alguna olida de cocaína, cogida de culo, singueta triunfal, pas de trois, y el gran abridor del pensamiento intelectual; el alcohol. Y cada camada mandaba a la próxima en el último avión, buscando el disidente de moda que mientras fuera un disidente de adentro, un crítico pasivo, se lo permitían todo como no se lo podían permitir a los que se habían ido y eran disidentes desde afuera; agentes de la CIA. Su mente se detuvo con la cansona letanía...

Miró con atención los rincones oscuros; un billete arrugado de diez dólares, el Carnet de Identidad, los palos apuntalando el techo, el hueco sobre la puerta del medio punto del vitral colonial que había arrancado para venderlo a Isabelita III; la loca que se masturbaba mirando el retro del Che Guevara, la ropa sucia en un bulto en una esquina que ya olía a su rancio sudor. ¡Tremenda nota! ¡Coño que trip! Mira por donde me vino a salir ese cabrón proyecto. Se inclinó para buscar en el piso ¿?... Vio el manuscrito sobre el que se había caído el condón de alguna noche extendiendo su mancha de semen sobre la primera página donde aparecía el título: “LA TOMA DE LA HABANA POR LOS INGLESES” Ensayo histórico por Armando Cabrales... ¡Bah! Dijo con desprecio, desdén y asco. Como no encuentre algo... En torno a la cama estaban las hojas llenas de anotaciones. -¡Ahora sí que la voy a pegar!- Le había gritado a Cuca cuando lo visitó descubrió la primera hoja con el título -¿Estás escribiendo otra novela?- ¡Ay, mi pobre Armando! Esta covacha está llena de manuscritos truncados.  -Es sobre nuestra generación- ¿A quién carajo le interesa lo que le pasó a nuestra generación? -¡Este cuarto ya es la historia de nuestra generación Armando!-

Pasó la lengua pastosa por los labios resecos. ¡Tremendo viaje había hecho! Deslizó con desgano la sábana y salió en calzoncillos al viejo balcón que precariamente amenazaba con derrumbarse y él sabía que finalmente pasaría ¡Ojalá que sea cuando esté parado en él o pasándole por abajo! Miró la bahía. Sonrió cínicamente. ¡Esa pastilla de Black Beauty estaba fuerte! ¡Lord Albemarle! Si el muy hijodeputa no se hubiera ido después que nos invadió todo sería diferente. I could be english! Estuviera en Londres con mi bombín y mi paraguas y no este calor insoportable que no te deja pensar. Miró el paisaje de las azoteas con los techos envejecidos, corrales de animales, pese a que estaban prohibidas las antenas hechas con lo que fuera con tal de coger las noticias de afuera, robarse las señales de CNN que abastecía a los hoteles de los turistas. Vio una negra tan tan vieja como el enrejado colonial en que se recostaba con un bate en la mano cuidando que no le robaran la ristra de ropa que secaba al sol, un niño corriendo con un pedazo de tabla que debía ser un avión, los restos de la última casa que se había derrumbado y en el cielo entre las hileras de cables eléctricos un papalote de periódico volaba en el aire que venía de la bahía. Vio y vio hasta que una repulsión infinita le consumió el alma con la conocida patada en el estómago ¡Qué mierda La Habana! ¡Qué asco coño! Lanzó un salivazo de desprecio hacia el patio y cerró el la puerta con odio y violencia provocando que un pedazo de estuco se desprendiera y cayera una nube de polvo sobre la palangana de agua sucia donde flotaba otro condón pastoso Debe ser de cuando me singué a la Maple la canadiense. Realmente gozaba desquitándose, obligándolas a que viniendo de países sofisticados se tuvieran que lavar el bollo en una palangana subdesarrollada Cuando las traigo aquí algunas se espantan y me inventan periodos oportunos o citas inesperadas para que las deje irse, pero es que como mi socio ya no trabaja en la carpeta del Habana Libre... Le pagaba una comisión en dólares y me dejaba subir con las tipas, pero no puedo darme el lujo de arriesgarme con lo vigilados que están los hoteles y que me cojan preso por pinguero. Pero esas son las menos pues las más no quieren perderse que se las singue un indígena tropical para resarcirlas de sus inapetitosos maridos y amantes, pues conmigo además de conocer por primera vez lo que es gozar a la cubana y probar a Kamasutra, cuando después se fuman el inevitable cigarro pueden hacerme la pregunta -Yo querer tú hablar la revolución-...

El escándalo abajo no amainaba entrando por el vitral ausente, las celosías que faltaban en el ventanal, el marco semidesprendido de la puerta. buscó si le quedaba algo de la ginebra que le había dado La Walkiriala la alemana de la Reuter que se singó ¿antier? Pero ya no quedaban ni las pastillas que le compraba en dólares al Guanaco el chileno de la embajada, ni siquiera un cachito de los peyotes que le traía La Cucaracha la administradora de la telefónica mexicana, o el hachís que le dejaba La Macarena la azafata de Iberia... Ya no quedaba nada. Se tomó el largo vergajo y lo estremeció de un lado a otro ¡Kamasutra tengo que ponerte a trabajar mi hermano! El puerco aumentó los chillidos porque no le gustaba que lo encerraran cuando su vecina salía a trabajar y estaría chillando hasta que ella llegara por la tarde ¡De buena gana yo sería quien te diera la puñalada trapera coño!

Nuevamente sentía la sensación de que su cuarto era una telaraña donde estaba atrapado sin redención alguna. No quería despertarse. No quería vivir. No quería nada. Empinó la botella a ver si aunque fuera una gota de ginebra le inundaba los sentidos. La botó lejos de sí frustrado. -¡Mi gato coño! ¿Dónde está mi gato?- Los gritos de la vieja en el patio le taladraron los oídos Seguro que ya le comieron el último gato que le quedaba. Se negaba a que el día comenzara así. Se volvió a acostar. Dobló la almohada cubriendo sus oídos. Cerró los ojos Tengo que dormir de a como sea. Trataré de hacer meditación pese al calor... ¡Tengo que dormir, tengo que dormir, tengo que dormir... Una oveja, dos ovejas, tres ovejas... ¡No coño! Hace tanto tiempo que no veo una desgraciada oveja que éstas que estoy imaginando me salen con cuello de jirafas, tarros de ciervos, trompas de elefantes... Debe ser el remanente del trip que todavía el cerebro está consumiendo algo de la droga que se me quedó atrapada en alguna neurona. ¡Un puerco, dos puercos, tres puercos... ¡Tampoco! ¡Con el odio que le tengo a ese hijodeputa! ¡Tengo que dormir tengo que dormir tengo que dormir... Ommmmmmmmmm... ¡Puta madre ya ni la meditación me ayuda! Es esta cabrona isla que no hay manera de que te deje escaparse de ella. Su garra es tan fuerte que hasta sale en los trips de la droga. ¡Ya sé! ¡Me voy a imaginar al Loro Máximo saltando la cerca! ¡Un Loro Máximo dos Loros Máximos tres Loros Máximos cuatro Loros Máximos... Cinc... Lentamente fue cayendo en un vacío oscuro sin sonido, sitio, fecha, ni nombre... -¿Sabía usted Lord Albemarle que para el año seis mil tenemos planificado producir más hot dogs que los yanquis...

 

Héctor Santiago La Habana 1944. Dramaturgo, narrador, poeta, ensayista, director de teatro, corógrafo y pintor. Casi toda su obra escrita en Cuba 1958-1979 fue incautada por la Seguridad del Estado. Exiliado desde 1979 recomenzó su obra en New York. Ha recibido el premio Letras de Oro, Chicano/Latino de la Universidad de Irvine, Primer Accecit del Concurso Internacional de cuentos Enrique Labrador Ruiz. Tiene estrenadas y publicadas ocho obras teatrales en U.S.A, México y Brasil., además de ensayos, poemas, cuentos y artículos. Ha sido traducido al inglés, francés y catalán. La mayoría de su obra permanece inédita.