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El rey de la selvaJorge Zúñiga PavlovDigamos que las alternativas eran
varias, por decirlo así. Lo cierto es que acababa de aterrizar en Ruzyně,
el aeropuerto de Praga. Anonadado de pronto por
una sensación de laberinto que me albergó al bajar las escalinatas del
avión. Un mes sin escuchar los hechizos brujulientos del idioma checo
había sido un verdadero descanso, una paradisíaca catarsis de español.
Cogí mi maleta y busqué mi agenda telefónica, pensé en llamar a
alguien para que me fuera a buscar, pero dubitativamente me inquirí: ¿Quién
podría estar libre un lunes a medio día?. El trajín
de la semana empezaba y salvo un pájaro gigantesco hecho de madera de
balsa y de chillones colores (que portaba debajo del brazo a manera de
souvenir), no había nada que indicara, que yo no estaba al tanto de
todo aquel barullo, tan propio de un día lunes, de todo aquel tramite.
Nada que me mostrara a mí en esa simple condición de testigo, de
simple observador de aquella cotidianeidad desbordante. Tal vez
la única manera de tener una perspectiva objetiva de las cosas que a
uno lo envuelven día a día es justamente eso, bajarse de un avión y
mirar repentinamente el mundo que a uno le toca vivir de golpe un lunes
en pleno mediodía. Tomé
el autobús interurbano y decidí que lo primero era llegar a casa,
darme una buena ducha y luego quizá dormir un par de horas para sacarme
el jet lock del cuerpo. Mi departamento estaba tal como lo había
dejado; mi gato andaba en alguno de los tejados vecinos y su fuente de
leche estaba semi-vacía, lo que indicaba que Raquel, mi vecina, había
cumplido con mis encargos. El contestador tenía treinta mensajes, la mayoría eran para
una que otra fiesta; un amigo me invitaba a su despedida de soltero,
otro bautizaba a su hija, un profesor de la cátedra me pedía la Poetika
de Todorov, que me había prestado hace unos meses. El
único mensaje que realmente me interesó fue el de Valeria. Tuve un
extraño presentimiento al oír su voz pegajosa, hablaba como un tango.
Algo me decía que andaba cerca, buscándome. Reconocí mi propio
engranaje interior con la milonga de su acento. Oí rebotar su voz en la
soledad de la sala. Su voz, que como una mano, secretamente daba vuelta
el reloj de arena (o más bien el de polvo), esa maquinaría que
llevamos en nuestras hormonas, escondida, replegada, hasta que uno baja
de un avión y se encuentra de bruces ante lo habitual de volver a una
rutina de escapes y fugas. Aquel
secreto mecanismo se había activado, el secreto recipiente de las
voluptuosidades selváticas. Esa doctrina testicular que siempre se
encarga de hacernos notar cuando es el momento de despertar a la bestia
y salir a buscar la ternura de una mujer. Valeria, era esa mujer. “¿Sabes
porqué el león es el rey de la selva?”, me había preguntado
alguien hace meses. Me
sentí seductor y barato, con un peculiar deseo de hacerme un regalo o
de regalarme. Mi viaje había sido un éxito, había comprado los
derechos de uno que otro autor, había arreglado un par de traducciones
al español, entrevistado a dos escritores y comprado un total
exuberante de libros que me tendrían leyendo un buen tiempo. Saqué
todo de mi maleta, sobretodo la montañita de libros y revistas sobre la
mesa que me hacía pensar en los litros de vino que había sacrificado
en el aeropuerto. Aquellas cuantas botellas repartidas, y todo debido a
que el control de peso del aeropuerto de Santiago me había obligado a
deshacerme de una buena parte de mi equipaje, la que, a fin de cuentas,
se había ido conmigo, ya que algunas de las botellas las abrimos con
amigos ahí mismo, causando el descontento de uno de los oficiales que
llegó inmediatamente a advertirnos que en Chile estaba estrictamente
prohibido beber en la vía pública. Los libros pasan, el vino lo
bebemos, le dije, mientras tomaba el avión exhibiendo mi pasaje en un
bolsillo pequeño de mi casaca como si fuera un pañuelo o una flor
angustiosa. Logré reírme a carcajadas y regalar las otras cuatro
botellas que pensaba traer a Praga. A
quién llamo, pensé tratando de hojear la libretita, evitando caer en
la lujuriosa tentación de llamar a Valeria o de ir a golpear la puerta
de Raquel. Abrí la puertecita de mi despensa, la última de mis Tarapacá
lucía dormida, señalándome la alarmante carencia de vinos de mi cave.
Pensé finalmente resignado, en ponerme al corriente llamándola.
Valeria era una colega de la oficina, la única que se encargaría de
ponerme al día de todo lo que había pasado en mi ausencia, de todo lo
que pudo haber pasado, de lo que casi pasó y de lo que según ella de
todas maneras iba a pasar, con mi presencia o sin ella. Valeria, con sus
caderas delgadas y su sed absoluta de buen vino era la pitonisa y la
alcahueta. Nadie de nosotros se atrevía a irse de viaje sin escuchar
sus consejos o diatribas. Marcaría su número: “Estará Valeria”
preguntaría, “un momentito ahorita se la llamo, de parte quién sería”,
me contestaría una voz anciana que probablemente pertenecería a su
madre, “de un colega de la oficina”, “aló Vale”, “síííí”
“cómo estás flaca, acabo de llegar y me acordé de ti con una
botellita de Tarapacá que acabo de desempacar...” le diría,
pensé mientras salía de la ducha sin atreverme a coger el aparato. Me
encontraba desnudo, envuelto en una gran toalla amarilla cuando sonó el
teléfono. No era Valeria. Marcela me llamaba, toda angustiada y con un
tono azorado para decirme que tenía algo urgente que contarme. “Bueno”,
le dije, “acabo de llegar y logré traer tan solo una botella, así
que eres la premiada, pásate por la casa y nos la bebemos”. En pocos
minutos llegué a la conclusión de que el bicho salvaje que en mi
apremiaba urgente la pierna de una mujer en mi cama había tomado la
decisión y que la candidata a recibir todo la leche del mundo de mi
mejor erección de ese año sería justamente Marcela. “¿Cómo las
ocho?”, preguntó, “bien”, le dije, “como las ocho”. Me
preguntó que qué quería que trajera y mientras pensaba en un paquete
de preservativos le decía que qué sabía yo, que un queso o algo por
el estilo. Marcela se despidió anunciando que la noticia que tenía que
contarme era relativa a su novio, del cual se había por fin separado y
que se sentía muy bien de haberlo hecho. Marcela
y yo nos habíamos emborrachado un par de veces, sin embargo, nunca habíamos
llegado a entrar en ningún tipo de juegos que pudieran llevarnos a
caernos en mi cama. Más bien nos encontrábamos para intercambiar
noticias, revistas o simplemente para contarnos las ultimas
novedades culturales que nuestras distintas instituciones
realizaban. Por mi parte nunca sentí un mayor interés por el Goethe
Institut donde Marcela ejercía una suerte de secretariado cultural que
la hacía estar siempre metida en la producción de muestras de cine o
lecturas, exposiciones de fotografía e incluso hasta celebraciones
extrañas a las que siempre evitaba ir. Recuerdo
la vez que nos conocimos. Yo me encontraba arriba de una escalera en la
biblioteca de la facultad tratando de encontrar un libro cuando ella
entró junto con Natalia, la bibliotecaria que venía a pedirme que
terminara de hacer aquel alpinismo de estantería ya que ella y su amiga
que tenía el gusto de presentarme, se marchaban a beber y que para
ellas ya era muy tarde. Bajé de la escalera con el más absoluto
convencimiento de que partiría a mi casa a revisar uno de los dos
libros que buscaba. Sin embargo, Natalia parecía estar en uno de sus
mejores días y haciendo caso omiso del acuerdo que teníamos de no
beber juntos, sacó una botella de ron de su cartera y me invitó a que
bebiéramos antes de que ellas se fueran a no sé que boliche nuevo que
habían abierto unos franceses cerca de Namesti Miru. La única
idea que tuve fue la de aceptar, sabiendo que corría el riesgo de
lamentarlo. Con
Natalia las cosas habían quedado, hace mucho, en un punto muerto. Todo
había empezado justamente ahí, una tarde larga de viernes en que ella
buscaba ejemplares para una docente que venía de Brno. Se había subido
por una de las escalerillas dejando ver sus piernas blancas y el
pedacito de calzón que obligaba a sospechar el resto, mientras yo
trajinaba unas ediciones de revistas antiguas que estaban absolutamente
prohibidas de ser sacadas del departamento de letras. Yo había tenido
la ocurrencia de preguntarle por lo que buscaba, con la infamia de verla
voltearse a mirarme desde arriba y tratar de imaginarla desnuda saltando
desde el peldaño donde se encontraba, encaramada de la misma manera
como estaba ahora yo. La profesora venía de Moravia, me dijo entonces,
y necesitaba con urgencia aquellos libros al día siguiente. Aquella
vez había sido una botella de vino moravo casero, un regalo de la misma
señora, que Natalia me mostró como si hubiera ganado un trofeo y me
desafió a que la bebiéramos. Yo suelo rehusar los vinos provenientes
de países fríos. Quizá por algo de chovinismo, pero lo cierto es que
más bien es por la absoluta acidez de los conservantes que suelen usar.
No fue posible quedarnos en las palabras, Natalia descorchó el botellón
y cogió dos vasitos de plástico que se encontraban en un lavamanos.
Dos vasitos dispuestos a ser testigos de aquel error, de esa especie de
fe de erratas que se desata cuando en medio de una gran borrachera dos
personas como Natalia y yo se dejan caer en la alfombra abusando de las
obras de Alberto Moravia, que como paradójica coincidencia habían caído
de un estante para que le sirvieran a Natalia de almohada y de apoyo en
nuestras mas impúdicas posiciones, mientras tirábamos como anunciando
que aquella escenografía era la más absoluta culpable de la realización
de un encuentro, encuentro que más tenía visos de un sueño profano (que
cada cual había tenido por su cuenta y riesgo) que de intenciones
amorosas. Dos
meses tardé entonces en decidirme a explicarle a Natalia que nuestra
relación no existía, que todo había sido un error. Nos encontrábamos
en una hermosa cafetería, de muebles antiguos y de fotografías en
sepia. “Podrían haber sido escritores o músicos”, le dije, a lo
que ella me había mirado, como diciendo “al grano“. Yo entonces
sentí su altitud y recuerdo haber seguido mencionando detalles de los
muebles o de las lámparas. “Por lo desvencijados de los rostros da
exactamente lo mismo” agregué torpemente, mientras la señorita nos
servía unos cafés vieneses con dos porciones de strudel. Natalia comió
un trozo del pastel y mordió pausadamente la crema que coronaba el vaso.
Después de oírme había salido apurada, sin despedirse, turbada y con
la cucharilla en la mano. Dos días después encontré la cucharilla
sobre mi mesa con una nota que la volvía adulta y soberbia y logré
calmarme. Cuando
sentí el aletazo del ron en las narices, supe que sería imposible
decirles que no. Bebimos de la botella y Natalia, recuperada a medias,
me presentó a su nueva amiga, Marcela. Salimos de la escuela y nos
instalamos en una taberna cercana, bebimos algunas cervezas, yo insistía
a cada rato, en que en cualquier momento debía pararme y dejar a las
dos amigas a solas para que se encargaran de despellejarme y de
informarse de todo tipo de opiniones
a mi cuenta. Me armé de una sublime voluntad para despedirme de Natalia
y Marcela. Me levanté a orinar y en el momento en que regresaba de los
baños vi a Natalia envuelta en su chaquetilla negra y forrada en su
bufanda, la misma que en una oportunidad la había envuelto
absolutamente desnuda para jugar a un striptis virtual en su
casa, aquella a la que acudía algunas noches a dormir y que se había
ido adueñando peligrosamente de mis horas libres antes del final
episodio de la cafetería. Me
quedaba a solas con aquella desconocida, y algo me hizo sentir que
aquella reunión había sido un plan perfecto que ellas habían tejido
para que yo les sirviera de conejillo de indias. “Te quedas un rato,
¿otra cerveza?”, me preguntó Marcela y yo no tuve otra alternativa
que aceptar. Después de todo no iba a largarme con Natalia por ningún
motivo. Con
Marcela curiosamente hablamos de literatura, de algunos autores jóvenes
que se estaban vendiendo muy bien en el mercado alemán. Con los minutos
no solo perdí el miedo a la existencia de algún complot sexual en mi
contra, a un ardid de las amigas para vengar la dignidad herida de
Natalia, si no que me entregué a la conversación como si me tirara por
un tobogán. Se había hecho tarde, me ofrecí a acompañarla al tranvía
y la vi irse sonriente y borracha mientras yo buscaba en alguno de mis
bolsillos la llave de mi Travant. Sentí las llaves heladas en el
fondo del chaquetón y me fui de regreso al estacionamiento en pos de mi
diminuto medio de transporte, ese que más causaba la risa de mis
colegas que otra cosa. Yo tenía un especial afecto por aquellos vehículos
con motor de exprimidera de jugo, cada vez que los veía aparecer eran
mi más absoluta debilidad, cada vez que escuchaba algo sobre ellos
guardaba aquella noticia en mi memoria y recortaba los datos que sobre
aquel “bólido” aparecieran en la prensa. Una vez ya en mi Travant
partí a casa pensando en Marcela y en lo grato que había sido el
encuentro con ella, descubrí que me había gustado y que pasar una
noche con ella hubiera sido del todo aceptable. Colgué
el teléfono haciéndome a la idea que su visita era un símbolo que
estaba escrito en las estrellas, me había negado a leer la página del
horóscopo de la revista del avión. Algo repentino y casual me decía:
“sí querido”, “esta noche te coges a esta mujer, no hay nada más
que hacerle”. “Que lo pases bien”, pensé diciéndomelo a mí
mismo. Volví a la ducha y revise frente al espejo el estado de mi barba,
me pasé la máquina y me eché un poco de mi perfume preferido (siempre
he tenido en mi Jovan el arma perfecta tratándose de caserías como
aquella). Sin
embargo, lo que nunca había probado, era que la víctima viniera hasta
la misma boca del lobo. Cuando
oí el timbre terminaba de arreglar la mesa y de descorchar la botella
de Tarapacá. Quise encender alguno de los velones pero la
insistencia no me dio tiempo. Abrí con la mejor de mis sonrisas y
Valeria entró rauda repartiendo besitos en algún lugar inexacto junto
a mis mejillas, dándome la bienvenida y advirtiéndome que lo sabía
todo, que le dijera inmediatamente donde estaba el café y el té, que
con aquellos pasteles árabes que traía envueltos no se podía esperar
porque frescos eran más deliciosos. Por un momento sentí una inefable
confusión, recordé mis pensamientos en la ducha, la intención de
llamarla y por un momento pensé que lo había hecho sin darme cuenta,
que todo lo que había pensado había sido en el fondo como llamarla,
una casual telepatía. “Bueno”, dije, mientras pensaba en decirle
que esperaba visita y que podíamos dejar los pasteles para otro día.
Sin embargo, Valeria no era de aquellas mujeres que aceptan un cambio de
planes y cuando vio la
botella en la mesa su actitud más natural fue servirse un vaso. “Vaya
suerte la mía”, pensé. Comenzamos haciendo un brindis por mi regreso
y hablando de las cosas logradas y de los trabajos pendientes. Valeria
se acercó a sentarse en mis faldas y me insinuó que hacía tiempo que
no nos íbamos juntos de juerga, yo sabía lo que significaba juerga con
ella: botellas vacías, bailes y desnudos. Por lo general terminábamos
borrachos, acostados semi en pelotas, abrazados tocándonos hasta
quedarnos dormidos. Al día siguiente se levantaba como si nada,
calentaba el agua y se paseaba en tetas por mi casa hasta que decidía
ducharse e irse. Yo me quedaba acostado pensando en el día en que me
dejara por fin cogerla y penetrarla; en que tomaríamos menos de la
cuenta y nos haríamos el favor que tanto decíamos que nos haríamos
cuando lo necesitáramos. Ahora estaba ahí, plantada, instalada y con
el mejor de sus ánimos. “Sabes”, me dijo, “tengo que hablar
contigo”, agregó. Cuando
Valeria se recogía y cambiaba el tono de voz era señal segura de que
se avecinaba algo acaloradamente serio. La vi levantarse de mis piernas
y mi erección fue inevitable, su cuerpo liviano como de plumas tenía
la capacidad de la levitación viril. “Maldición”, pensé. “Esta
está de darle”. “Hoy es el día de algo diferente”, me dijo, mirándome
con sorpresa y encanto. “Qué, nos vamos de juerga”, me preguntó,
justo cuando sonó el timbre. Marcela se quedó
quieta como una fotografía al ver a Valeria y ambas se largaron
a reír y corrieron a abrazarse. No
se veían hace muchísimo tiempo, como dijo después la exagerada de
Valeria. Marcela puso una botella de vino francés sobre la mesa y acotó
a decir que cómo era posible de que hubiéramos empezado sin ella.
Ambas se sentaron con sus respectivos vasos de mi Tarapacá e
iniciaron un racconto, adornado de risas. “Bueno, por fin lo
hice”, le dijo Marcela a Valeria, mientras me miraba seria y confiada
a la vez. “¿Y tú?”, le preguntó Marcela. El rostro de Valeria se
transformó. Por un momento me dije que lo mejor era hacerme humo,
largarme y dejarlas en sus confesiones. Me serví una copa de vino y
empecé a desear volver a estar sólo nuevamente. Pero algo secreto y
sospechoso me decía que debía quedarme. Traté de escuchar ausente.
“Esta es la fecha”, le dijo Valeria a Marcela, “lo leí en las
cartas”. Supuse que había algo entre ellas que yo no alcanzaba a
sostener, algo femenino, propio y demasiado lógico, alguna evidencia.
Ambas se miraron y levantaron sus copas, brindaron en un idioma secreto.
Abrí mi estante donde encerraba mi equipo musical y puse unas cumbias.
“A bailar”, dijo Marcela, con una personalidad
que no le conocía. Era otra, la recatada rubia de rojos labios
encarnecidos se había sacado sus zapatos y abrazaba a Valeria, pensé
en escabullirme hasta el teléfono y llamar a alguien, algún amigo.
Pero no logré aceptar en mi cabeza ningún nombre. “Bueno”, me dije,
que sea lo que tenga que ser, y me sumé a sus vueltas y a sus copas
alzadas. Cuando la borrachera hizo trizas el orden de los hábitos vi a
Valeria que se quitaba la falda y obligaba a Marcela a hacer lo mismo.
Sentí un delicioso deleite en aquella imagen. Marcela me miraba como si
quisiera disculparse, como si quisiera decirme que era realmente una
pena que tuviera que conocerla así, como ella era de veras. Tuve la
necesidad imperiosa de preguntarles cuanto tiempo se conocían.
“Nosotras, tontito, nosotras desde siempre”, me dijo, “somos
hermanas”. Aquella noticia pareció chocar con todos los esquemas que
hasta esa hora yo podía tener de lo que era una recepción después de
un viaje y mucho menos de un día lunes. Sentí por un momento la
oportuna cólera de la envidia. Pero mientras bebía sentí repentina la
voz de Marcela detrás de
mis hombros para decirme que era de ellas, y que esa noche Valeria sería
otra. Como un ritual buscado y mítico procedieron a desnudarse y a
pedirme que me sumara a ellas, que se ocultarían debajo de los
edredones de mi cama. “Vaya cosa”, pensé. “El león es el rey de
la selva por los cientos de orgasmos que diariamente es capaz de
procurarse con sus leonas”, recordé la respuesta. Y me dejé
arrastrar a aquel rito que Marcela y Valeria tenían planeadas desde
mucho. “Como te sientes”, me preguntó Marcela, mientras yo miraba
su cuerpo ágil y esbelto
como una diva. “Objeto feliz”, le contesté por decirles algo.
Mientras ella aceitaba el cuerpo de su hermana yo trataba de tocarla, de
señalarle que era ella la víctima, ella la que debía asumir el
ritual. “Vamos”, me dijo, “es hora de que la penetres, ten fe,
desde ahora hasta la mañana seremos tus esclavas”. Mis pensamientos
eran otros, mis ganas eran de estar a solas con Marcela, de rodearla
como una fiera, de seducirla y de impresionarla, de someterla y
finalmente hacerla mía. A
cambio me sentía capturado. Sentí el ruido de una ventana golpear, deseé que fuera mi gato y que entrara maullando y exigiendo cuentas. El ruido de la chapa y de la puerta de mi departamento al cerrarse las sacó por un instante de aquel festín. Me levante a mirar y me vi en el espejo del pasillo, desordenado y erecto. Raquel me vio y derramó el platillo con la leche del felino, la miré impúdico y urgente. Se sacó la chaqueta y se acercó. “Tu aquí ya”, me dijo, sin quitar la vista de mi vientre y de mi falo que se desinflaba inocente. Se acercó asustada. “Ayúdame”, le dije, pero Raquel pensó en aquella última navidad en que nos habíamos quedado solos encontrándonos en las escaleras del edificio. Aquella fortuita invitación que había terminado en alcohol y sexo y que habíamos logrado esquivar el resto del tiempo como buenos vecinos, escondidos en excusas y explicaciones. Avanzó unos pasos y me tocó, se agachó y me lamió, traté de cubrirme y de mostrarle las ropas de Valeria y Marcela. “Ayúdame”, repetí. Las vio venir desnudas y pareció no entender, sintió que su única alternativa era sumarse. Pensé en Natalia, en su venganza. Quise escapar, correr por el living de mi casa que de pronto era como una estepa abandonada, traté de evitar el orgasmo de mirarlas, sentí mi cuerpo astuto y elástico, entonces busqué el camino del escape, la estampida, volví a imaginar a Natalia y uno de los espejos me mostró mis únicas facciones, mis largos cuernos de antílope, el disfraz de aquella casería. Pero era tarde. Ellas, las leonas, desnudas y húmedas habían resuelto que la víctima de aquel lunes fuera yo. Raquel se desnudaba lentamente mientras yo corría fálico y erecto como un minotauro herido. Valeria sangraba feliz entre sus piernas y las demás reían en plena casería.
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