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William Navarrete

 

Mercurio alado 

Pendes, Mercurio alado,

sobre rostros que ignoran tu agonía,

en equilibrio frágil,

capricho de artista pérfido,

egoísta, sin amores tal vez.

Oleadas de voces inundan el tiempo

dormido entre tus alas,

ahí donde cada noche se descansa,

y no hay luna que no acaricie con su luz

tu cuerpo de ángel.

En tu pelo se agitan mis manos

que sueñan con recorrer

el empinado exceso de tu carne, alegría en flor.

En tus piernas se enredan mis alientos

que juegan a empañar

el brilloso bronce de tu piel, celado abrigo.

Afuera, a cientos de noches

de tu recinto misterioso, los hombres se disputan el placer,

más no saben que el placer es pacto

secreto entre tu alada silueta de dios joven

y el silencioso reino del dolor.

  

 

Medusa en la cisterna de Estambul

 

Ignora el mal,

señor eternizado en las oscuras aguas,

que túnicas de polvo dorado

borraron las huellas de mis pasos

en la silenciosa plaza de Sultanahmet.

Cerrada noche en que viajaron

desde la Cirenaica inhóspita,

escalofriantes cantos de dunas.

Yo contemplaba

en el presagio del desierto

las manos de Teodosio coronar

de laureles al auriga victorioso,

a la muchacha ida acariciar

las cejas de su amante en vela,

al hombre sin perro interrumpir

mi coito con el tiempo detenido

en las sirenas del Bósforo.

Noche inquietante en que deambulan

las carnes clamorosas del eunuco,

sombras prohibidas del placer.

Yo contemplaba

en los nichos derruidos de Bizancio

mi sombra de entrega concertar

un pacto de amor con la soberbia,

las gotas de polvo cirenaico rendirse

a los pies de la muralla,

al hombre solo abandonar

el tálamo de piedra suspendido

en el litigio incesante de las olas.

Decapita el agua,

olvido sepultando templos,

la última columna de la Hélade.

Gorgona entreteje

 del maleficio, nuestras suertes.

Boabdil abandonado en el jardín del amor


Colina cálida, Sabika mía,

¿qué mal te aqueja hoy que apenas siento

el ruido de la alhóndiga y la ceca,

el rumor del Darro y del Genil,

bálsamos de mi rostro,

la risa del ciprés después del pájaro,

el crujir de tus ramas muertas?

¿Qué dioses te atormentan

para que ocultes levantando polvo

mi única corona: la blanca,

ofrenda limpia de tu sierra?

¿He descuidado, ingrato, tu nombre

generoso en uno de mis rezos?

¿He castigado, injusto, al hijo

que acaricia tu tierra pródiga?

¿Qué he hecho yo, vasallo tuyo,

ingrávida colina,

si a ti debo el aroma de las flores,

del gálgulo el arrullo,

de tu cuerpo el nido?

¿Por qué cedes al humo

el rojo de tu tarde

que es faz de jovenzuela

que se encarna

si del amado le llega una mirada?

¿Por qué, colina amada,

me entregas al jardín

donde un suspiro mío

secará para siempre las adelfas?  

 

Ilustración: Puerta-ciudad, de Rafael López Ramos