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UN
CAFÉ EXQUISITO
José
Abreu Felippe Que existe ya en español una literatura propiamente miamense es algo que no se puede negar. Es un hecho, que nos asalta a diario desde los estantes de bibliotecas y librerías. En el caso de los autores cubanos, entre la nostalgia, las vivencias pasadas y los recuerdos, fueron apareciendo, se fueron colando aquí y allá, primero, tal vez, el nombre de una calle, Flagler pudiera ser; luego un entramado urbano más que rural, definiéndose, ramificándose, poblándose de seres y de cosas. Al final -tenía que ocurrir-, una herida, un goce, nacía en sus entrañas. Un herida nueva que no se podía aliviar con antiguos remedios. O un placer que se abría, lúdico, cuyo único vínculo con la isla rajada en la memoria era el protagonista. Entonces, si el dolor y el placer se manifiestan, también estamos hablando de emociones, de sentimientos, de sensaciones. De ahí que sea esperado, y hasta lógico, que la fundación literaria de esta ciudad mágica esté basada en la poesía. Que sea la poesía quien primero se ocupe de levantarla, de cantarla, de estigmatizarla, de situarla en el mapa. Lo que sí resulta curioso -aunque tal vez no tanto-, es que sea uno de sus primeros poetas, Esteban Luis Cárdenas (Ciego de Ávila, 1945), quien ahora nos invite a degustar, en una prosa llena de espeluznantes recovecos y misteriosos desvaríos, un café exquisito.
Un café
exquisito
es un libro que se expande en dos infiernos casi paralelos que se
tocan y se entrelazan como si fueran amantes. Dos amantes muy
diferentes entre sí, pero unidos por el horror compartido y por un
ritmo magnético, que a veces logra independizarse, aislarse, dejando
sobre la página en blanco un hueco, un alarido, en fin, poemas, que
complementan el horror. Dos infiernos, flotando sobre la ciudad
perdida y la ciudad mágica. En el primero, el general Marbas y su
escriba deambulan por la ciudad perdida, símbolos de un terror pretérito
que se proyecta hacia el futuro como una repetición. Un círculo
macabro. Cambian los partidos de nombre, pero los cuerpos, jóvenes
cuerpos, siguen apretándose contra el muro cuando reciben los
impactos, y una misma mano es la que se inclina sobre las sienes para
otorgar la gracia de un último estampido. Tal vez uno de los monjes
que pulen Las uñas de Satanás no se asombre y sea él mismo
quien repita las palabras del Predicador: A)Qué es lo que fue? Lo
mismo que será. )Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará:
y nada hay nuevo debajo del sol@. No importa, de cualquier forma los
de siempre asaltarán el templo, y las peores pesadillas serán como
islotes navegando las aguas fantasmales donde han de abrirse los ojos
del escriba. Crónicas de guerra: la parábola del adolescente, casi
un niño, que mantiene en vilo a cincuenta hombres que quieren
atraparlo, también asoma en esa parcela del infierno. Prosa suave,
delicada, dulce, delineando monstruos que parecen sacados de cuentos
infantiles.
En el segundo, el paisaje es frío, pura armazón de acero y concreto, útil para sostener super avenidas y contener un río: el mismo por donde entran y salen los cargamentos de estupefacientes. Junto a él hay sombras casi humanas; alguien que vende crack, y en la esquina, la prostituta de grandes nalgas y profundas ojeras. Uno que busca pan y otro que busca sexo. También la muerte se ha exiliado y ronda como siempre entre el plástico desechable. Cuentos durísimos que dibujan una ciudad ya no tan mágica que sólo vemos, a veces, a través de la pantalla de televisor, cuando estamos aburridos o abúlicos. Alta frecuencia marginal. Es vida de noticiero, vida ajena. O más bien, muerte ajena. Si la
poesía del horror que Esteban Luis Cárdenas crea, espléndidamente, en
su inclasificable libro, no bastara para redimirlo; si la fantasía
infernal que corre paralela a la realidad también infernal, no fuera
suficiente para situar de lleno este libro entre los mejores publicados
en el exilio en las últimas décadas; si su estructura trunca,
caprichosa a veces, si su cuidada y sinuosa prosa, no alcanzaran a
cerrarlo en absoluta e imposible perfección, entonces, olvídense de
todo lo anterior, abran el libro en la página 45 y lean el cuento que
le da título al volumen: Un café exquisito. Decir una sola
palabra sobre él sería cometer un crimen de lesa literatura y yo no lo
haré. Sólo voy a advertir una cosa: Un café exquisito en uno
de los mejores cuentos escritos en los últimos cincuenta años. Una
joya que, absolutamente nadie que ame la buena literatura, puede dejar
de leer. Un cuento de antología estrella.
En el estremecedor documental de Néstor Almendros y Jorge Ulla, Nadie
escuchaba, Esteban Luis Cárdenas dejó narrado para la posteridad
su intento de fuga del paraíso castrista. Vuela desde una azotea para
caer en el patio de la embajada argentina, lo consigue, pero los
funcionarios lo arrastran herido fuera de la sede y lo entregan a la
policía. Sufre prisión. En 1980 llega al exilio donde ha publicado dos cuadernos de
poesía: Cantos del centinela (1993) y Ciudad mágica
(1997). |