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Ensayo
| Dos
poetas en su tiempo |
| Rodolfo
Martínez Sotomayor |
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Joaquín Gálvez y Ernesto Olivera son dos poetas habaneros,
para ser más precisos, digamos que ambos son de Guanabacoa,
esa mítica ciudad que ha dado hijos ilustres, desde Pepe
Antonio hasta Lecuona, Ignacio Viña o Bola de Nieve, por
citar sólo tres.
Guanabacoa, ese "pueblo embrujado", como dice
cierta canción popular, haciendo alusión a la proliferación
de practicantes de rituales afrocubanos. Ritos que en decir de
ambos poetas, desconocen, aunque no tienen prejuicio hacia
ellos.
Es muy difícil, que el hombre escape de sus circunstancias.
El hombre asume el peso de la historia, como víctima o cómplice
de ella, para el artista, formado bajo un régimen totalitario,
no hay forma de salir de esos límites estrechos, se es
victima, victimario o pretenderá escapar como un ente
contemplativo, pero es demasiado definitorio el control social
para no sucumbir ante él. Finalmente, siempre se termina en
rebeldía o claudicación.
Joaquín Gálvez y Ernesto Olivera, conocen muy bien ese
mundo, nacidos ambos en los años sesenta, bajo un aire mefítico
de paredones y amenazas megalómanas de volar la isla en
pedazos y al mundo si era preciso. Nunca se nos habló de que
los tanques soviéticos aplastaron el empeño de esa
Checoslovaquia de 1968, que pretendía vanamente instaurar un
socialismo con rostro humano. Nunca se nos dijo que Hungría y
Polonia habían padecido la misma suerte.
Sólo nuestros ojos recibían el bombardeo constante de imágenes
de la guerra de Vietnam, de una Latinoamérica hambrienta que
desconocía el glorioso logro de nuestra libreta de
abastecimiento y esos tres juguetes anuales que con la sabiduría
del estado para conocer la necesidad de todos los niños
cubanos, ya que la individualidad, era un prejuicio burgués,
eran catalogados como básico, no básico y dirigido. También
estaban definidas nuestras máximas aspiraciones, ser como el
Che, se nos hacía repetirlo hasta la saciedad, como una
imposición de nuestros deseos al fracaso o la afiliación
siniestra por una ideología de la muerte, porque el
socialismo, se nos decía, era el destino seguro de toda la
humanidad.
Ernesto Olivera, hace remembranzas de esa infancia en un
poema cuando nos dice:
... Disfrazado en preescolar 1968,/ un paje de corazón!,/
sin soltar la mano de mi padre por la calle/ sin demagogia sin
panfleto/ Oso prudencio/ eras el fastidio/ En la vieja
televisión Emerson/ Tus consejos para una vida larga/ Eso no
se hace, eso sí se hace/ (Tal prudencia destruyó la rebelión/
que me hizo falta de niño)...
Es por eso la tristeza, las canciones: a la rueda rueda de
pan y canela/
No es lo mismo una velita que darse candela/ no es lo mismo
el ser que se marcha a uno que regresa/ a la rueda rueda de
pan y canela/ dame un besito que la soledad me apresa/ la
soledad de pan y canela.
Por su parte, Joaquín Gálvez, en su poema Lost
Generation, nos resume esa idea frustrante de la realidad
cuando nos dice: Todo se hacía en aras del paraíso,/ cuando
creer en paraísos/ es arriesgarse a amanecer/ en su cuarto
contiguo: el infierno.
Esa visón la tuvo mi generación, que es la misma de los
poetas, al despertar un día, en una especie de ciudad sitiada,
no habíamos visto a esa multitud pidiendo paredón en los
sesentas, los fusilamientos eran la historia oculta por
complicidad o por miedo.
Lo más cruel ante nuestros ojos eran los enormes surcos
que desyerbábamos después de un "de pié" a las 5
de la madrugada en un maravilloso campo donde trabajábamos
desde los doce años, cuando éramos enviados lejos de nuestra
familia, para pagar, con "gesto voluntario", claro,
ya que al parecer, los niños cubanos adoraban las ampollas en
las manos, esa educación gratuita, de la que debíamos estar
orgullosos, porque además, se nos decía, era el sueño
martiano.
Ahora era distinto, nuestra adolescencia, con los hechos
del Mariel, daba por culminada la inocencia política, se nos
señalaba que debíamos aprobar los golpes propiciados en las
calles para todo aquel que decidiera abandonar el país,
nuestros amigos tendrían que dejar de serlo y ya no serían
seres humanos para convertirse en lumpens o escorias, ya no se
ocultaban para mancillar. La pretendida solidaridad humana del
socialismo, la aprendimos entre esa degradación de las turbas
en esos días aciagos de 1980.
Se nos había mostrado durante años lo peor del mundo
occidental, una niña corriendo entre las llamas quemada por
el Napalm y un joven baleado ante las cámaras en Vietnam,
eran repetidas en miles de libros, una imagen fílmica de una
manifestación dispersa con mangueras de presión y rostros de
jóvenes baleados a quemarropa y cubierto de sangres en plena
calle bajo el gobierno de Batista, acompañaban siempre
cualquier comentario que hacía alusión al pasado, pero ahora,
que no ocultaban ese horror cercano, éramos lanzados a la
falta de fe política que llevaba al caos.
Ernesto Olivera, en uno de sus poemas, nos ilustra esta
sensación cuando nos dice:
Padre nuestro, / no me dejes caer en la tentación de
poseer la rosa sólo por vanidad/
te lo ruego/ líbrame del mal uso de palabras/ como
democracia, diálogo, libertad, justicia social, divina
justicia, barra de abogados, revolución/ jefe de departamento/
guía espiritual, porvenir, talleres literarios/ del servil
discurso para treparse al poder (incluye tiranos de izquierda
y derecha, maestros burócratas, lideres de huelgas y algunos
empleados tuyos) /Líbrame del esfuerzo decisivo rompe huesos/
destructor de sueños.
Joaquín Gálvez, por su parte nos habla del choque de
nuestros desvelos de juventud con el pragmático impuesto por
los días, en un sitio que no deja espacio para vivir, acorde
a nuestro empeño, donde es imposible de hacer prevalecer el
sueño codiciado esa ansiedad la resume en sus versos cuando
dice Porque la utopía es una isla/ que nunca se dejará
habitar,/ otra muchacha que se suicida y nos dirá también
Mentira!
Nunca fuimos historia:
Decapitada, histérica guillotina de la historia/ Que sólo
ahora existe un retorno a nuestra porción de hierba...
Comprenda, nos urge deshabitar el ayuno, todo ese calendario
de agonía,/ en que entontecimos aplaudiendo al caudillo.
Adentrados en los ochenta, tal vez por aquello de que
ciertos movimientos sociales se respiran en el aire de los
tiempos, Cuba no estuvo exenta de esa explosión de rebeldía
ocurrida en la Europa Socialista, que iniciaron los jóvenes.
En estos años, los escritores que se van gestando, hasta
conformar más tarde la llamada generación de los noventa,
según mi propio criterio, los podría dividir en tres grupos,
el primero, es el de aquellos que se deciden por una
literatura de sometimiento. El segundo utilizando la palabra sólo
como un fin, eludían todo compromiso, pero es el tercero, y
en este ubicaría a Joaquín Gálvez y a Ernesto Olivera en
estos años, el que merece una particular atención,
prefiriendo permanecer alejados de la cultura oficial, no
fabricaron una obra anodina ni panfletaria, se nutrían de la
realidad, se alimentaban de la literatura prohibida que
buscaban con el placer que provoca lo negado. Sus escritos
crecían en las gavetas. En esta época surgen jóvenes que se
rebelaban inconcientemente contra las estructuras del mundo
constituido, entiéndase Estado, en este caso, sin embargo, no
lo hacían impulsados por un cuerpo de ideas que intentaban
imponer, sino gratuitamente, surgen los antihéroes, ellos no
eran los jóvenes soñados para muchos en el exilio, que darían
largos discursos sobre derechos humanos que ni siquiera sabían
que existían, eran jóvenes desarrapados que llenaban los
parques sedientos de rock, Dexedrina, alcohol y sexo. El
estado decía: pélate, ellos adoraban el pelo largo, el
estado decía; odia a los Yanquis, y ellos adoraban escuchar
estaciones americanas de FM. La policía y ellos mismos se
llamaban Free KISS, versión tropical de la palabra en inglés
beso libre, Esta especie de Hippismo tardío de los ochenta no
es recogido por ninguna literatura oficial, sin embargo, Joaquín
Gálvez nos dirá: Yo también fuí gloria de la Betlemania./
En las aulas, no diseminé el incienso del estudio individual
(Einstein decidió extirparme la teoría de la relatividad);/
solamente aprobé el pleito del último hit-parade./ Las
desavenencias con mis padres/ hicieron que entrara el lodo en
mi corazón. Y me fui a dormir a los parques...
Una experiencia personal ilustra este tiempo, divagando en
una clase de geografía, escribí en el forro de una libreta
los siguientes versos: Hoy estoy sólo,/ siento a mi alrededor
el silencio abrupto/ de una juventud consternada y conformista/
veo en la anáfora de los días las pupilas de quienes me
rodean y siento amenaza sobre mi rostro, veo amenaza en cada
gesto de fariseo con disfraz de estudiante y descifro en sus
sentimientos/ una oculta solidaridad. La libreta fue revisada
por la profesora, una combativa dirigente comunista, quien me
cuestionó aquellos versos y se encargó más tarde de liderar
toda una persecución contra mí, que culminó con la expulsión
de aquella escuela por diversionismo ideológico.
No lejos de allí, en Guanabacoa, por aquel tiempo, Joaquín
Gálvez y Ernesto Olivera junto a otros jóvenes creadores,
pretendían hacer un grupo cultural llamado S.O.S. El grupo
fue disuelto por la seguridad del Estado, diciéndoseles que
ellos no tenían cabida en la cultura del país.
Los poemas de Joaquín Gálvez y Ernesto Olivera, mas que
un grito de su tiempo, son también un locuaz canto a la vida,
con su carga de angustia existencial, su erotismo como un
ancla que nos salva. El amor al mar está en ambos, esa obsesión
presente en una generación de balsas y baños en arrecifes,
único aliado al anhelo constante de la fuga, o como nos dice
Gálvez: Único puente que sobrevive al horror.
El exilio aparece con sus sombras y su oscura libertad
Ernesto Olivera nos dirá que El exilio es un barco que se
hunde/ una muerte política/ noches de lluvia sobre cubierta/
zumo de naranja agria, flor del pan de harina/ castillos sin
espejos...
En su último libro Isla de memoria nos descubre esa mezcla
agridulce de la nostalgia, esa angustia de la lejanía y ese
extraño magnetismo que nos hace amar al puerto del que
escapamos con todas las desgracias y nos dice entonces Bahía
de la Habana/ que más quisiera/ tocarte sin permiso/ antes
que yo muera.
Joaquín Gálvez, en su último libro, El viaje de los
elegidos cabalga más allá de devotos consumistas e idólatras
políticos, como un nihilista que se salva a través del
verso, con el candor de los primeros sueños, que ni la
sociedad ni el tiempo han consumido. Él le pide al tonto que
nunca baje de la colina Confínate para siempre en tu
catacumba de asombro. Él es el sensible espectador de todas
las catástrofes, nos dirá que La lluvia me muestra las
cenizas de todos mis cielos sepultados. Con este viaje, nos
echamos al hombro la mochila, cargada de esa belleza interna,
único alimento para sobrevivir con el poeta, el rocoso camino
de la vida.
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